Crónicas de Yauhquemehcan: La noble labor de las parteras tradicionales en la historia de la vida

CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN
La labor admirable de las parteras tradicionales
David Chamorro Zarco
Cronista Municipal
Uno de los libros que más me ha agradado es El Diosero, una obra de Francisco Rojas González, que es una serie de cuentos que de manera mayoritaria narra acontecimientos relacionados con la vida campesina e indígena de nuestro país con posterioridad a la Revolución Mexicana. De ellos, La Tona, enlistado en primer lugar en el volumen, narra la historia de una mujer en labor de parto y su posterior feliz desenlace. Evoco el escrito porque durante siglos, las mujeres tuvieron que enfrentarse a la problemática del embarazo y a las labores del parto y de los primeros cuidados de los recién nacidos completamente solas o en compañía de otras mujeres de su familia con más experiencia en la materia, hasta llegar a la presencia de las comadronas, también conocidas también como parteras tradicionales, que ya con bases mucho más sólidas, asistían a las parturientas en la dura labor de traer una nueva vida a este mundo.
En nuestro Municipio, lo mismo que en el resto de los pueblos de Tlaxcala y de México, la carencia de servicios hospitalarios, aunado a la fuerte cultura machista tradicional, impedía que las mujeres pudieran recibir atención médica especializada. Muchas morían por temas relacionados a problemas durante el parto o desangramientos que era imposible contener y que terminaban de manera por demás trágica.
Las mujeres de mayor edad en las familias, habitualmente las abuelas, solían ir reuniendo experiencia con los años para poder comprender de mejor manera este complejo proceso de la salud reproductiva femenina. A eso también contribuía la transmisión de conocimientos orales dados de generación en generación y que iban desde el reconocimiento de los aspectos básicos de la fisiología, hasta las técnicas de acomodo del producto para lograr una mejor expulsión y llegando a asuntos como la curación y supuración de heridas y la ingesta de medicamentos tradicionales, primordialmente con base en infusiones de hierbas campestres o cataplasmas extraídos de la propia vegetación.
Desde luego hubo mujeres que, por carencia de recursos o falta de previsión en los tiempos, tuvieron que llegar al instante supremo del alumbramiento completamente solas. Hoy parecería totalmente impensable que una mujer tuviera que parir en estas condiciones, pero en décadas y en siglos pasados, fue un acontecimiento común.
Ahora, las comadronas o parteras tradicionales, al igual que las rezanderas, prestaban un importante servicio a la comunidad, por lo que se consideraba justo retribuirlas con algún pago, fuera en dinero o con alimentos o animales. Los esposos, una vez que se calculada la posible fecha del alumbramiento, avisaban a la comadrona o partera para que estuviera pendiente del momento en que se requirieran sus servicios. Llegado el momento, el hombre u otra persona acudía a toda velocidad y la partera se hacía presente, tratando de que todo saliera lo mejor posible.
Se entiende con facilidad que desde los primeros pasos que emprendía la comadrona o partera, pronunciaba diversas oraciones y súplicas al Todopoderoso y a la Virgen María, y trataba de que todo se desarrollara bien. No se permitiría que los hombres de ninguna edad presenciaran este acontecimiento, por lo que se les sacaba de la casa o de la habitación. Había ocasiones en que las mujeres en trabajo de parto tardaban horas en la labor de expulsión del producto por alguna complicación, entre las que se contaba la mala posición del bebé frente al conducto de salida. A veces se vivían horas de angustia y se usaban técnicas extremas para intentar que la criatura pudiera nacer; había también ocasiones en que madre e hijo lamentablemente morían en este esfuerzo supremo de traer al mundo a una nueva vida. Por eso, en el México antiguo, de conformidad con la cosmogonía de la época, las mujeres que morían en labores de parto eran consideradas heroínas y, al tiempo de ganar un lugar en el Tlalocan —más o menos la correspondencia con el paraíso cristiano—, también tenía el honor de escoltar al sol durante su trayecto por el firmamento.
La señal universal del nacimiento de un niño es el llanto que le es provocado para limpiar sus vías aéreas y permitir la necesaria respiración. De manera que, cuando se escuchaba ese llanto rompiendo la quietud y el silencio del entorno, la mayoría de las veces era la señal de que todo había terminado de forma exitosa, para luego dar paso a la limpieza general del bebé y de la madre e iniciar la labor del amamantamiento.
Hay quienes cuentan que, tal era la fuerza o la necesidad de las mujeres que, si habían parido por la mañana, en la tarde ya se encontraban de pie, tratando en sus quehaceres cotidianos. Había costumbres, como las que narra Francisco Rojas González en La Tona, en que el hombre, silencioso y diligente, saludaba a la nueva criatura, agradecía a la madre por el milagro de la vida y luego iba al fogón para sacar las cenizas. Con ellas regaba en los alrededores o al menos en el frente de la casa y se mantenía atento para identificar la huella que algún animal dejara impresas en ellas, lo que significaba que ese ser de la naturaleza seria la tona o el acompañante y protector del niño durante toda su vida.
A partir de la década de 1940, el gobierno mexicano intensificó sus labores para la modernización de los servicios de salud, impulsando la formación de médicos, enfermeras y demás personal especializado; se construyeron hospitales, clínicas, centros y casas de salud; se fundaron instituciones especializadas en la materia que sobreviven hasta nuestros días y comenzó a dedicarse una importante parte del presupuesto público para atender las necesidades de vida saludable de la población en general. No obstante, en muchos pueblos de nuestro país, las comadronas o parteras tradicionales siguieron desempeñando su función, por lo que la autoridad decidió hacer con ellas una alianza, brindándoles capacitación, asesoría y entrenamiento más profesional, certificando sus conocimientos y reconociéndolas como parte de, personal médico estatal.
Son todavía muchas las personas que viven y llegaron a este mundo con el apoyo de una de estas parteras tradicionales. Siempre será bueno que las mujeres jóvenes de nuestro mundo sepan que no siempre hubo las ventajas y servicios con que hoy se cuenta, y que las comadronas o parteras tradicionales, eran una parte importante del paisaje comunitario, teniendo la muy delicada misión de ayudar en uno de los dos instantes trascendentales de la existencia que es el nacer, lo mismo que las rezanderas tenían la misión de ayudar en los postreros momentos de vida, en el morir.
¡Caminemos Juntos!

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