PENSAR A LA INTEMPERIE
Pablo Eliseo R. Altamirano
Coloquial y genéricamente la corrupción se asocia al abuso de poder de quienes administran las facultades del Estado, el sector empresarial privado y los organismos sindicales, principalmente. Sin embargo, ésta se presenta en todos los ámbitos y niveles de la sociedad, no es exclusiva de ámbito o nivel alguno.
En sentido lato, corrupción alude a romper o descomponer. Su práctica degrada el orden, fuerza y poder de los organismos, sin importar de que tipo sean. Se presenta al romper o distorsionar los acuerdos, la legalidad o los procedimientos de actuación. Cuando ocurre los sistemas se debilitan, pierden eficiencia y funcionalidad, dejan de cumplir el fin que les fue dado: se corrompen.
Sin excepción todo organismo, sistema o ente finito es susceptible de corrupción, no sólo quienes tienen a su disposición ciertos cotos de poder. Tanto se corrompe (degrada) la piedra, la planta, el animal y el ser humano; gobernantes y gobernados, dirigentes y dirigidos. Igual que unos se descomponen los otros, a menudo en corresponsabilidad. Los procesos de deterioro social y civilizatorio ocurren en complicidad dialéctica entre representantes y representados, entre los que controlan y los controlados. Unos actúan, los demás consienten y viceversa.
Planteada la cuestión holística de la corrupción, preciso que por ahora únicamente me ocupo de la relacionada con el proceder humano. Dejemos al margen el deterioro natural por oxidación y pérdida de capacidad regenerativa de entidades vivas y no vivas. Los procesos químicos y bioquímicos, si bien pueden ejemplificar corrosión, solo nos situamos en la descomposición de los esquemas que enmarcan y rigen las conductas humanas.
A diferencia de la natural decadencia física de las cosas finitas, que basta conocer las leyes de la naturaleza para comprender, detener o ralentizar su declive, los fenómenos sociales implican leyes más complejas e indeterminadas. No obstante, también responden a constantes y variables al alcance de la observación.
Ocuparse de la corrupción exige mucho más que denunciarla. Reducirla a un partido político, grupo, clase o persona es inexacto, demasiado ingenuo o mal intencionado. Cuando esto ocurre, las más de las veces hay intereses sesgados detrás. Cualquier mirada seria requiere posicionarse allende la coyuntura, extenderse más allá de la temporalidad y los personajes, centrarse en el fenómeno y no sólo en los representantes.
El fenómeno de la corrupción de las relaciones humanas tiene por base la debilidad y el poder. Aunque parecen paradójicos, no lo son, su presencia puede darse en perfecta unidad sin contradicción. No se afirman ni se anulan, pueden permanecer haciendo declinar la fuerza que mantiene la presencia y funcionamiento de los entes, sistemas o relaciones. La unión de poder y debilidad redunda en tergiversación del orden, actos fuera de protocolo –muchas veces desproporcionados–, claramente menguantes, en detrimento del desarrollo: del bien.
No se piense debilidad como falta de energía ni como escasez de fuerza muscular o física; hablamos de fortaleza espiritual, la que se manifiesta en firmeza de carácter, templanza, ecuanimidad y buen juicio ante la adversidad, tentación y encanto. Cuando el espíritu languidece queda a la deriva el alma, temerosa y soberbia, proclive a excesos y defectos, presa del deseo, embelesada por el placer, caprichosa y cobarde. Tal debilidad unida al poder degenera en corrupción.
Debilidad de carácter y poder formulan el algoritmo de la decadencia, que esperar de personas deseosas y/o asustadizas con poder a su disposición para dar rienda a sus ímpetus.
El poder permite explorar los límites de quienes lo tienen a cargo, al sujeto templado y justo lo faculta para cumplir las encomiendas asignadas, para ayudar a reestablecer equilibrios, le permite enderezar desvíos, rehacer lo mal tejido, potencializar las ideas regenerativas, los buenos sentimientos y las nobles intenciones. La disposición de un gran coto de poder en manos de personas educadamente formadas, fuertes, serenas; representa el mayor bien. Por el contrario, cuando queda a cargo de pusilánimes, ambiciosos, engreídos se trastoca en el peor mal.
Recogiendo lo anterior tenemos que corromper y corromperse no es propio de los gobernantes o de ciertos grupos, sino en general de los seres humanos débiles de espíritu, de los deseosos, temperamentales faltos de carácter. Y ocurre que de esos hay en todo lugar y estrato social, solo que a mayor poder; mayor impacto y visibilidad.
Por tal, para eliminar la corrupción maximícese la atención en dos ámbitos centrales: 1) la sólida formación espiritual del ser humano y 2) cuidar a quienes se confían los despachos de poder.
Aclaro que, lo expuesto es una respuesta de fondo al fenómeno de la corrupción, sin embargo, no es una solución que pueda implementarse de forma inmediata, precisa un proceso de media y larga duración, por lo que es urgente iniciar antes de que sea tarde. Por ahora queda paliar limitando y vigilando el uso del poder.


