Al menos en la humildad de mi opinión personal, las fiestas del Carnaval en Yauhquemehcan son la manifestación más importante de la cultura popular, pues no sólo los danzantes o Huehues se hacen presentes en las casas, las calles y las plazas, sino que todo el pueblo, comenzando con las familias de los integrantes de las camadas, se vuelcan, literalmente, en este crisol de alegría desbordante, colorido sin fin y música contagiosa, haciendo del carnaval todo un fenómeno social.
A final de cuentas, no importa tanto devanarse en encontrar el antecedente más remoto de las danzas del carnaval en nuestro municipio, o tratar de desentrañar los lazos que lo unen con el mundo prehispánico, o entender el lento pero progresivo proceso de asimilación que se tuvo de las fiestas y solemnidades del cristianismo, o asomarse al proceso de industrialización que vivió Tlaxcala en el siglo XIX y la manera en que quedó marcado en el carnaval.

Creo que lo verdaderamente importante es que entendamos a esta celebración como una manifestación viva, vibrante, cambiante, como todo lo humano. Es, como ya se reconoció oficialmente, un patrimonio cultural inmaterial del pueblo de Tlaxcala. Esta fiesta no se vive por decreto, ni forma parte del calendario cívico, ni requiere del visto bueno de la autoridad. Es algo que existe por sí mismo, que se impone incluso a las opiniones contrarias o discordantes, que no se detiene ante ningún obstáculo.
Cuando en los años de la pandemia –2020 y 2021–, hubo restricciones sanitarias, su ausencia fue especialmente notoria y dolorosa. Para nuestra fortuna, superamos esos tiempos y hoy el carnaval parece tener una vida inusitada y de verdes renuevos.
Desde hace décadas, San Dionisio Yauhquemehcan efectúa el tradicional Lunes del Encuentro –que ahora ha tenido que extenderse al domingo, debido a la alta demanda de participaciones–, en donde han confluido las camadas de casi todas las localidades de Yauhquemehcan, en un marco de convivencia, respeto y alegría. Hace muchos años, en la sencillez de la sombra que ofrecían los árboles del parque, se instalaba una mesa desde donde las autoridades del Ayuntamiento, encabezadas por el Presidente Municipal, daban un saludo de bienvenida a los diversos grupos asistentes, después de haber dado una vuelta alrededor del primer cuadro, para luego comenzar a bailar frente a la Escuela Primaria “Ignacio Zaragoza” –primero de terracería y años después ya empedrada–, en donde se hacían divisiones para que varias camadas de presentaran al mismo tiempo.
Para la edición 2026, entre domingo y lunes se presentaron veintitrés agrupaciones carnestolendas, de las que se tuvo la presencia de una camada procedente de San Rafael Tepatlaxco, del municipio de Chiautempan, además de la muy singular participación del Elenco del Folklore de Bolivia y del grupo “Aires del Sur”, procedentes del municipio de Pitalito, en el Departamento de Huila, de la República de Colombia, quienes dieron una magistral demostración de lo rico que es la tradición y la cultura de las naciones de toda la América Latina, con quienes, desde luego, compartimos raíces históricas, religiosas, idiomáticas y culturales.

A lo largo de estos dos días, la constante ha sido el entusiasmo demostrado por los integrantes de las camadas –niñas y niños, adolescentes, hombres y mujeres de diversas edades– quienes, fieles a su más honda tradición, han pasado un largo año esperando este momento, para dejar en el escenario toda su energía, su gracia, su cadencia y su alegría por la vida, que se contagia de inmediato.
El Encuentro no es un concurso, ni tiene fines comparativos; ante todo es un escaparate vivo que permite ver desfilar a cientos de danzantes, hombres y mujeres de todas las edades, manifestando la unión con sus raíces y sus tradiciones, que les han acompañado desde la más tierna infancia.
Trajes de colorido y gran elaboración desfilan por nuestras calles y toman vida en las plazas. La persona con nombre propio cede su lugar al Huehue mítico, impersonal, atemporal e inmortal. Se nota su gusto desbordado por la música que sale de potentes altavoces y que lo mismo puede ser interpretada por un solitario tecladista, una orquesta completa o, como ya se ha tratado de rescatar, por un conjunto que ha intentado sacar del baúl de los recuerdos al nostálgico salterio.
Los Huehues, adiestrados en sus ensayos, reconocen los cambios de melodía y ejecutan sin titubeos sus evoluciones. Las niñas, señoritas y mujeres deslumbran por su belleza, por lo elaborado de su vestimenta y por su hermosura natural, muy propia de esta región. Sus giros y evoluciones recuerdan a las flores que muy pronto han de repoblar nuestros campos.
Los Huehues, caballeros y guerreros defensores de su tradición y su cultura, lucen con orgullo sus cuerpos cubiertos de terciopelo, sobre el cual se ha bordado por manos diestras de artesano, figuras primorosas que hablan de raíces de pasado y de orgullo de cultura. Sus máscaras imponentes son quienes
toman el lugar protagónico, desplazando a la persona, para dejar su lugar al Huehue imponente y varonil, que va y viene danzando con su penacho multicolor, que admira y conmueve.
La música fluye, los Huehues hacen sus evoluciones y el público, contagiado por la energía, marca los pasos, siguiendo la cadencia de las notas. Los niños, sin mayores reservas, bailan imitando lo que ven y hasta visitantes de otros lugares o países se les ve arrebatados por las ganas de danzar, integrándose a la fiesta.
San Dionisio Yauhquemehcan se paraliza para dar lugar al paso de los Huehues que durante décadas o siglos, han sido el símbolo festivo de esta tierra. Las mujeres se muestran más bellas que nunca, las Princesas y las Reinas de las camadas se esmeran por lucir a plenitud, enfundadas en trajes deslumbrantes, en tanto que los Reyes caminan y danzan enhiestos y orgullosos de ser el centro de la admiración general.
Ya se sabe que el Miércoles de Ceniza, quienes así lo decidan, acudirán al templo a recordar la frase lacónica de que polvo somos y al polvo volveremos; para todos volverá la rutina de trabajo, la escuela, la atención al hogar y a los hijos. Regresarán las preocupaciones cotidianas y el trajín que nos impone el mundo moderno. Los trajes, las máscaras y las plumas volverán en silencio al guardarropa, y las botas y las zapatillas se quedarán quietas, al tiempo que las castañuelas volverán discretas a su estuche, pero eso ya será después.
Por lo pronto disfrutemos a plenitud del carnaval de Yauhquemehcan, pues en lo efímero de nuestra existencia, nadie sabe si tendrá vida el próximo año para volver a deleitarse con esta cascada de color, con estos ríos de musica y con este derroche de alegría que hoy nos hacen tan felices.
¡Caminemos Juntos!

