PENSAR A LA INTEMPERIE
Pablo Eliseo R. Altamirano
Hay pueblos que se creen elegidos de Dios y votan por los seguidores del diablo; pueblos que consciente o inconscientemente en su mayoría respaldan la guerra, el genocidio, la limpieza étnica, la invasión, el hurto, el bombardeo de hospitales, de escuelas de niñas y otros espacios habitados por civiles. Celebran el secuestro y asesinato de lideres de naciones soberanas, el asedio que provoca miseria extrema con la intensión de quebrantar la voluntad de países enteros para obligarlos a renunciar a las formas de vida y gobierno que eligieron. Solapan innumerables e indecibles crímenes: tortura, desaparición, despersonalización, muerte por inanición, etc.
Es difícil, muchas de las veces, encontrar explicación para tanta violencia, aceptar la idea de que seres de nuestra misma especie alberguen semejante odio, que sean capaces de hacer tanto daño. Eso es motivo de horror, pues de alguna forma nos pone ante un espejo. Es espantoso imaginarnos participes de ello, por el hecho de ser seres humanos, pensarnos con el potencial para destruir y hacer crecer la barbarie.
El temor a reconocernos en los actos de perversidad cometidos desde siempre por los imperios modernos occidentales hace que neguemos la maldad como posibilidad humana y la atribuyamos a un error de la naturaleza presentada en personajes terribles como Trump, Hitler, Franco, Mussolini, Pinochet, Jeffrey Epstein y sus amigos e iguales.
En definitiva, esos sujetos no representan la especie humana, no reflejan nuestra naturaleza, no se nos parecen a la mayoría, pero tampoco son producto de alguna anomalía de la naturaleza, ni hacen nada que cualquier otro no haría. Parece esto contradictorio y resulta complejo, pues no nos representan, pero tampoco son excepciones que actúan por causa de su singularidad; son sujetos normales como cualquiera, sólo que más alienados; víctimas de la ideología moderna capitalista, posicionados en la cúspide ejecutiva de los intereses plutocráticos, con enormes dosis de poder a su disposición. “Su excepcionalidad” no radica en atributos endógenos asociados a la naturaleza humana, sino en factores externos asociados al sistema económico, político y cultural que rige el comportamiento y rumbo de la humanidad.
Por tal, la acumulación y expresión excesiva de odio ejercida por el imperio estadounidense y sus aliados; no se debe a que los gobierne un pervertido, aunque sí sean pervertidos muchos de sus gobernantes. Más bien, tanta maldad es producto de la dinámica que genera el modelo civilizatorio sostenido en la idea de concentración y acumulación económica y de poder, impulsada por los yanquis y sus partidarios, los israelíes entre ellos.
Se llega a creer que es una cuestión de suerte, de accidentes históricos marcados por la llegada de sujetos abominables al trono imperial, no es así. En realidad, son los pueblos asentados sobre esas premisas quienes eligen mandatarios que garanticen su ideario de concentración-acumulación. Algunos dignatarios actúan con mayor intransigencia que otros, como el actual, pero todos, desde que los EE.UU. existen, responden a los mismos intereses.
No toleran la diversificación, la distribución, ni siquiera la competencia. Su entendimiento reconoce únicamente el monopolio, la unipolaridad y la hegemonización. Lo distinto es inaceptable, visto como amenaza que debe ser denostada, combatida, aniquilada. Todo lo alinean a la visión de sus intereses, los “derechos”, la “libertad”, la “democracia”. Si no responde afirmativamente a su intransigencia entonces es terrorismo, dictadura o un “aliado terrible”.
Así pues, los Trump, los Netanyahu, los Milei… no representan una malformación ni la normalidad de la naturaleza humana, lo que vemos en ellos es la versión más acabada de un paradigma “civilizatorio” degradante instaurado en la cultura occidental moderna, cuya referencia por antonomasia la encontramos en el país vecino del norte. Por ende, no desatino si digo que el inquilino de la Casa Blanca es uno de los ciudadanos estadounidenses prototípicos mejor logrados de esa sociedad.
Ahora bien, la cuestión central de esos pueblos que creen en la ganancia y hacen girar su vida en torno a ella; es que su intolerancia y ambición degenera en odio, temor, enemistad. Ven peligro y enemigos en todos los que piensan distinto a su conveniencia acumulativa o en los que no aceptan la imposición de su voluntad. A ellos hay que hacerles la guerra, matarlos. Cómo se atreven a resistir el robo de sus recursos, a negarse a trabajar para ellos, o peor aún a querer competirles. Que osadía, eso es inaceptable, deben desaparecer, son terroristas, narcoterroristas… Así piensan, así hablan, así actúan.
Ese es el meollo de la guerra en Irán y todas las atrocidades que administración tras administración comete el imperio gringo. No es Trump, ha sido Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, España, occidente moderno. Es la sociedad que sueña con apropiarse del mundo y no acepta que alguien le diga no. Ahí está el fondo ontológico de la maldad imperial.
Partiendo de esta lógica, es fácil entender los bombardeos a Venezuela, a la Franja de Gaza, a Irán; el inhumano bloqueo a Cuba, la presión sobre México, Colombia y demás países que buscan soberanía; las bases militares del imperio instaladas por doquier a lo largo y ancho del planeta. Todo se reduce a la concentración-acumulación económica y de poder, dígase petrodólar, camino en el que se interpone China y Rusia. Ellos son su verdadero miedo, el objetivo central, lo demás son estrategias y movimientos tácticos.
Así es, los misiles realmente no apuntan a Oriente Medio, es a China hacia donde miran.


