El imperio del placer. Una estrategia de dominio

PENSAR A LA INTEMPERIE

Pablo Eliseo R. Altamirano

 

Cuide y cuídese del placer, desde otrora es y ha sido poderosa estrategia de dominio, “pan y circo” implementaron los romanos; hoy son drogas, azúcares, alcohol, combinación de picantes y ácidos, redes sociales, pornografía, cinematografía en general (series, cine), moda, compras y más. Lo que sea que sirva para enajenar los intereses, sentimientos, ideas, prácticas, relaciones… Apagar la percepción del mundo, no dejar ver fuera de los deseos alterados. Qué importa si al lado, cerca y lejos, hay hambre, qué importa si los campos están secos y la gente muere. Nada es relevante siempre y cuando las dosis de placer estén disponibles.

Vivimos la era del vacío (Lipovetsky; 1983), en sociedades disciplinadas mediante sutiles esquemas de control descritos por Michel Foucault y Gilles Deleuze, que nos han llevado a la sociedad del cansancio (Han, Byun Chul; 2010), entre amor líquido (Bauman; 2003), simulacros y simulación (Baudrillard; 1981), desvaneciendo todo lo sólido en el aire (Berman; 1982), a la deriva de lo efímero que fluye entre la novedad y la moda (Lipovetsky; 1987), escépticos,  sufriendo el desamparo teleológico de los grandes metarrelatos, absortos en la posmodernidad (Lyotard; 1986), “sin norte, sin oeste, sin este, y extraviados del sur” (Aute; 1998).

Nuestro tiempo está marcado por la confusión, la indeterminación del ser y la debilidad espiritual propagada a propósito con la finalidad de mantener el sistema de la civilización moderna, en su fase terminal del neoliberalismo, basado en la “ganancia” y lo que eso significa: acumulación, libertad, imperialismo, globalización, “felicidad”, competencia, crecimiento, dominio, progreso, éxito, etc. Ese es el fin que justifica todas las atrocidades del modelo.

Las técnicas e instrumentos de dominio han transitado del sometimiento a través de la fuerza, de la ocupación territorial, el dolor y el miedo hacia el placer. Con ayuda de la ciencia, particularmente de la bioquímica, la neurología, la psicología, la pedagogía, la antropología y la sociología han perfeccionado los mecanismos para sustraer y manipular la voluntad personal de prácticamente la humanidad entera.

El nudo gordiano que forman placer y voluntad mantiene arrobado al ser humano. El sistema ha incrementado exponencialmente la estimulación del placer, sabiendo que a mayor placer, mayor pérdida de voluntad; menor criterio, menor carácter; más docilidad y, como consecuencia, disminución de intentos subversivos contra el orden establecido. La dinámica placentera activa el sistema de recompensa cerebral e introduce al sujeto en un ciclo de refuerzos de la satisfacción, generando exigencia de mayores dosis de estímulo para lograr la misma satisfacción. La tolerancia que se va desarrollando con la repetición desemboca en adicciones, disminución de la funcionalidad, deterioro de la salud y pérdida de bienestar.

De los daños que provoca el placer, los más graves no son los que hacen mella directamente en la salud de las personas, lo gravísimo es que el mal se está usando como estrategia para debilitar a la sociedad, para crear sujetos endebles, con resistencia cero o cercana a cero ante los estímulos colocados a propósito en la totalidad de los espacios que enmarcan la cotidianidad: hogar, trabajo, calle, espacios recreativos e incluso intimidad. Lo realmente peligroso es que el problema, lejos de atenderse, se emplea para dominar y lucrar.

Quien queda prendido al placer, prácticamente es anulado, mengua su capacidad crítica y de acción. Deja de ser un riesgo para el sistema, su vida se reduce a la complacencia del gusto, al capricho del regocijo. Concentra energía, preocupación, esfuerzo, pensamiento e intención al punto de la turbación en la satisfacción de las apetencias. Responsabilidad y compromiso social desaparecen del horizonte de preocupaciones, el deber patrio y con el prójimo se vuelven expresiones ajenas.

El sentido existencial, que en realidad es un sinsentido, se ve limitado a la liberación de explosiones dopamínicas, el resto sólo son sombras, momentos de espera impaciente en torno a la oscuridad del deseo y el placer. En esa realidad, donde la voluntad ha sido cooptada, el sistema funciona bien mientras la población tiene cumplidas las condiciones para la satisfacción. La única reacción es contra la escasez de sustancias o estimulantes de los cócteles de placer.

Mírese que los peores males se ocultan tras el encanto, en lo que “hace sentir bien” y puede traducirse en elevados niveles de gozo y felicidad. El refugio permanente en la comodidad, el mínimo esfuerzo, los resultados inmediatos; la baja tolerancia al dolor, la poca resistencia ante la espera, el quebranto ante el esfuerzo sostenido, la reducción en la gama de sabores, la huida de la intemperie y del contacto con lo áspero hace mella en la formación de la personalidad. Esta dinámica de vida vuelve común la existencia de sujetos sin dominio del temperamento, emocionalmente débiles, caprichosos y poco racionales, pero útiles al mercado y a quienes obtienen ventaja de él.

Ante este escenario, quién ha de mirar el desastre civilizatorio y ambiental si las mayorías permanecen ensimismadas en el deleite de sus deseos. Desde la más tierna infancia se están anulando las generaciones, quién no ha visto bebés absortos en las pantallas del teléfono celular o tomando bebidas azucaradas en el biberón. Eso los bebés, ya no hablemos de niños, jóvenes y adultos en quienes los niveles de enajenación han ascendido a otras dosis y prácticas. Cómo pueden ocuparse de la realidad que está más allá de la recompensa dopamínica quienes están encadenados al placer.

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