El ocaso del ser

PENSAR A LA INTEMPERIE

Pablo Eliseo R. Altamirano

 

Algún día se va a poner de moda ser imbécil, dicen que dijo Oscar Wilde, ocurrirá cuando se dé la palabra a la legión de los idiotas. Entonces, según Umberto Eco, presenciaremos la invasión de los imbéciles. Al parecer esta profecía apocalíptica nos está alcanzando, los elogios a la estulticia día a día se independizan de la voz racional de Erasmo de Róterdam y se imponen no como ironía sino como aparente coherencia. La defensa de la sensatez, de lo que es justo y natural se descarta y agrede con el argumento de la intolerancia, de la anacronía y la discriminación.

Alguna vez escuché a alguien decir: “la estupidez me da miedo”. En modo similar, Freud concluyó que “no hay peor cosa que la enfermedad y la estupidez”. Tanto de la una como de la otra hay gran variedad y entre las peores, hablando de la primera, están las enfermedades mentales. De la segunda, categorizadas en estupidez por torpeza, por ignorancia, por falta de control, por narcisismo o por distracción, sin duda, la peor consiste en negar lo obvio y lo evidente. Empero, más grave aún es la negación del ser que le corresponde al mismo que lo niega.

Renuncia el lobo a su naturaleza superdepredadora, come hierba, busca perpetuarse reuniéndose con abejas. Las gotas de agua eligen identificarse espiritualmente con las piedras. El cielo apedrea las flores cuando tienen sed. Un meteorito se cree velero y se arroja al mar esperando no hundirse. Mujer y hombre nacen sin esencia, que sean lo que la moda elija y la perturbación dicte. Bien y mal se confunden, oscurece el ser.

Muchos han tomado literal la célebre afirmación que Giovanni Pico della Mirandola hizo más de medio milenio atrás, cuando refirió que el hombre podía elegir ser “Dios” o “bestia”. Es decir, cultivar su personalidad con ejercicios espirituales e intelectuales encaminados al cumplimiento de tareas trascendentales para la configuración civilizatoria, en función del desarrollo pleno del ser humano, como respuesta a la atención de problemas y necesidades, a través de acciones justas y razonables para la preservación propia, social y del medio ambiente. O en su defecto inclinarse hacia la bajeza que caracteriza al bruto e ignorante, al patán que sólo responde a estímulos corporales, a la inercia de las modas creyéndose moderno, sin asomo a la ejercitación del intelecto. ¿Dioses o bestias? Algunos se dicen therians, en Alemania pasean mascotas imaginarias educadas por entrenadores profesionales.

Aludiendo a Mircea Eliade (1957), habitamos entre lo sagrado, pero al perderse los límites se rompe el orden y la definición de las cosas, todo puede ser cualquier cosa y nada a la vez, entonces caemos en lo profano. O como dice un amigo, transitamos de lo sublime a lo ridículo. Pues ser lo que no se es, por más que se acepte y exija respeto hacia ello, es absurdo.

En un mundo donde lo absurdo es lo correcto si no eres un idiota debes parecerlo para estar a salvo; cumple los caprichos del infante, no oses corregirlo. ¡Ah!, y mejor no te refieras a él como niño, tampoco como niña, al parecer ya tampoco el niñe vale, porqué imponerle una naturaleza que no ha elegido, qué tal si más tarde decide ser un anfibio. Pobres de sus maestros, están en grave riesgo de enfrentar demandas ante los organismos de derechos humanos. Que viva la sagrada locura, finalmente es comprendido Salvador Dalí.

Todo es cualquier cosa, no hay límites, adiós a las definiciones, “la existencia precede a la esencia”, sostienen los existencialistas. Exista, ¿cómo qué?, como lo que sea, no es relevante. La afirmación identitaria es innecesaria en un mundo donde hablar de anormales va contra las normas, mucho tuvo que ver en esto Michel Foucault. ¿Conocen una forma más eficaz de subyugar a una persona o a un pueblo que despersonalizándolo?

Quien deja a un lado lo que él mismo es desciende a lo más profundo de la ignorancia, pierde el sentido de pertenencia, se aparta del pensamiento racional. Se desvincula de la historia, el territorio, las costumbres y tradiciones familiares y comunitarias. Sus mayores preocupaciones redundan en problemas existenciales, en defensa de su “individualidad” y respeto a su singularidad. Las problemáticas colectivas, que además lo incluyen, no le merecen atención: garantías laborales, pensiones, vivienda, sistema de salud, de educación, de justicia, régimen político, soberanía energética nacional, alimentaría, financiera, reconstrucción del tejido social, creación de poder popular son independientes ante sus intereses. Qué importa si hay países que están siendo bombardeados, qué si hay países a los que se les estrangula por elegir una forma de vida distinta a la del imperio, nada es relevante para el necio encerrado en la demencial insensatez.

La enajenación en lo banal no es sólo una cuestión que afecta la individualidad del alienado, pues como decía Voltaire “la idiotez es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo quien la sufre, sino los demás”. Por razones como ésta, más el agregado que hizo Einstein de que la estupidez no tiene límite, es que debería ser tema de ocupación apremiante. Ya lo dijo el cineasta Claude Chabrol “la ciencia debería dejar de estudiar la inteligencia y comenzar a estudiar la estupidez humana”, antes de que se siga propagando. No se olvide que, parafraseando a Calle 13, cuando no se cuestiona al necio, la estupidez se colectiviza.

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