PENSAR A LA INTEMPERIE
Pablo Eliseo R. Altamirano

“Quien tiene el poder tiene el derecho”, dijo Goethe hace dos siglos. Una frase cruda, tanto más por la alta dosis de realidad. Pero no debe extrañarnos, esa es la naturaleza del poder: poder. Poder todo lo que está en sus posibilidades, “bueno” o “malo”. Poder y deber parecen cercanos y a veces se confunden, no debemos hacerlo. El segundo encausa al primero, lo modera e incluso limita en determinados casos, pero no lo representa ni tiene jurisdicción plena sobre él. Ocurren momentos donde los marcos normativos de control pierden influencia ante los actos de los poderosos. ¿Qué hacer en esos casos? Evitar las grandes acumulaciones de poder y construir contrapoderes para generar equilibrio. En las dos líneas finales se mencionan.
El mundo, particularmente Latinoamérica, con énfasis en Venezuela, México, Colombia y Cuba cursan momentos de tensión por amenazas del imperio estadounidense, ahora con la excusa del supuesto narcoterrorismo. Los terroristas acusan de terrorismo. ¿Existe mejor forma de evadir la culpa? En otro tiempo (1846-1848), ellos mismos, con similares pretextos, nos arrebataron Texas, California y Nuevo México. Ahora y siempre, desde su llegada al continente, han estado acechando, con o sin justificación, la cuestión es ampliar su área de injerencia y control territorial, de recursos naturales, de mercado y de las políticas hechas a conveniencia en la mayor cantidad de países.
Los EE. UU. han intervenido “n” cantidad de naciones, ya sea a través del despliegue de tropas, asistencia militar, apoyo logístico, tecnológico o armamentístico; de golpes de estado o sanciones económicas, sin contar el uso de métodos sutiles como la guerra cognitiva y el establecimiento de narrativas hegemónicas, a través de las cuales dictan “la verdad” para imponer su visión de mundo y mantener bajo control los brotes subversivos que cuestionan el sistema de su preferencia.
En cuanto al intervencionismo, sólo en Latinoamérica se contabilizan más de 50 intrusiones en países como México, Guatemala, Honduras, Cuba, El Salvador, Haití, Nicaragua, Panamá, Uruguay, Colombia, Brasil, Argentina, Bolivia, Chile y más. Todos ellos han padecido la codicia yanqui. De igual y peor forma lo han hecho en otros continentes, quién no tiene referencias sobre la Guerra de Vietnam (1955-1975), o la de Corea (1950-1953), o la del Golfo Pérsico (1990-1991), o las invasiones a Afganistán, Irak o Libia. Podríamos seguir alargando el listado, pues su injerencismo no tiene límites. En nombre de la libertad, la democracia, la supuesta defensa de los derechos humanos o la seguridad nacional cometen crimen tras crimen. No obstante, parece que, ante el agotamiento de su falaz discurso, se han visto orillados al descaro de hablar abierta y cínicamente de sus verdaderos intereses (económicos y de control).
En los últimos días se quitaron las máscaras, quizá porque no tienen la forma de justificar sus delitos internacionales, como el secuestro del presidente constitucional de Venezuela con su esposa y el asesinato de decenas de militares, más civiles y la destrucción de áreas estratégicas en aquel país. El pretexto inicial fue el combate al narcotráfico. Acusaban al presidente Maduro de liderar el inexistente Cártel de los Soles. Luego de no poder demostrar la existencia de éste, han aceptado que el verdadero motivo fue recuperar el control del petróleo y someter a su voluntad la política del pueblo bolivariano. En ese mismo tono hablan de sus intenciones por apropiarse de Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca. El mismo Trump dice que cualquier cosa distinta a apropiarse de ese territorio es inaceptable. Su prepotencia es ya patológica, olvidaron el recato, no tienen empacho en decir que no necesitan el derecho internacional ni el derecho interno de Estados Unidos para actuar, que no hay nada que a los representados del señor naranja, solo su propia moralidad (¿cuál?). Stephen Miller, consejero superior de Trump, en ese mismo tono dijo en entrevista: “vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real…, que se rige por la fortaleza, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”. Ese es el verdadero rostro del despótico imperio vecino, que hoy, con el mismo chantaje usado para bombardear Venezuela, amenaza a México.
La naturaleza del imperio yanqui, demostrada a lo largo de su historia, se resume en expansionismo, hurto y crimen. Tales prácticas los acompañan desde la fundación de su primera colonia en Jamestown, Virginia, durante la primera década del siglo XVII, hasta la décimo tercera en Georgia durante los años treinta del siglo XVIII. En el establecimiento de las trece colonias inicia su aberrante y barbárica historia. La firma de declaración de independencia para separarse de Gran Bretaña representa una alegoría de la barbarie, se inscribe en las páginas del despojo extendido desde el este hacia el oeste. Aniquilaron poblaciones enteras de nativos para quedarse con la belleza de sus tierras. Las llenaron de dolor y esclavos, eliminaron las formas de vida humana preexistentes y las poblaron de soberbia, egoísmo, utilitarismo y sobreexplotación; de eso a lo que ellos llaman: “civilización” y “progreso”.
El expansionismo está desde la primera piedra en la base histórica del imperio. De una colonia de ingleses en 1607 pasó a 13 en 1733, y de ahí a 50 estados de migrantes extranjeros invasores; con territorios anexos y protectorados bajo su dominio. Ese es el gen de EE. UU.
Muchos análisis explican las motivaciones de las recientes agresiones imperiales, como los bombardeos a Irán, el apoyo y consentimiento de los genocidas crímenes de guerra que siguen ocurriendo en Palestina, particularmente en la franja de Gaza, a manos de sus aliados israelíes. Adjunto a ello está el ataque contra Venezuela y las amenazas a México, Colombia, Cuba y Dinamarca. Algunos dicen que tienen que ver con el debilitamiento del petrodólar, o con el declive del imperio, o con el crecimiento de china y Rusia; lo cierto es que, sin dejar de tener verdad tales explicaciones, su belicosidad se enmarca en su identidad histórica. Por naturaleza son invasores.
Sin caer en paranoias o neurosis, deben tomarse con seriedad las amenazas trumpianas hechas a México, pues sus actos pasados y presentes hablan de lo que son capaces. Es por ello que, desde todas las posiciones, debe continuar el fortalecimiento de la soberanía nacional y la construcción de poder popular.

