PENSAR A LA INTEMPERIE
Pablo Eliseo R. Altamirano
Quien tenga oídos y ojos para descubrir el tiempo, persíganlo; no es hombre moderno. El presente es la única fracción valida. Ningún antes: ningún después. Origen y fin hacen daño a la decadencia. Vivan como si no quedara más vida, hoy sólo hoy. Ayer es anacronismo, equivocación trasnochada, idealista utopía el mañana. Borren del espacio la geometría, caben sepulturas en el aire y libérense de la tierra, dicen los más avanzados: los decadentes.
No más matices, bienvenido el blanco colorido. Confúndase al perro con los hijos, al dinero con el agua, a la mujer y al hombre ¿con…? lo que sea, a la enfermedad con la salud. Ningún encuentro, sólo búsqueda. Lo que viene de atrás es lastre; a desechar tradiciones, principios y buenas costumbres, eso no está de moda: los valores son lo de hoy. Necesidades, abran paso a los derechos; ellos son flexibles y maleables. Ciudadanos del mundo –libres y exitosos– no quieran mejorar, esfuércense por ser los mejores. ¡Suficiente! Así o más ciegos: así o más decadentes.
Se habla de la decadencia pero falta arrojo para pensarla, para mirar sus posibles fuentes. Más parece afirmarse, defenderse y promoverse. Pensadores, académicos, artistas y … sólo distinguen lo que ven y oyen. Nada detrás: nada delante. Escudriñar en los archivos del silencio o en las siluetas del vacío, les espanta, les parece ocioso, arduo o costoso. Temen jugarse el prestigio, temen jugarse la comodidad o el ostracismo.
Impera la confusión, estatus necesario para ser escuchado. Vivan los confundidos: hablen los confundidos. Venga el arte de señalar todo y distinguir nada, de aceptar sin discutir, de negar sin argumentar. Para que arriesgarse a ser llamados intolerantes o necios, si los confundidos son llamados de mente abierta. Quien camine, camine contra el sentido común, jamás contra la moda discursiva. Si lo de hoy es defender el derecho a tener hipo, que a nadie se le ocurra proponer cura o será llamado oscurantista.
Nos quejamos de la decadencia, imaginando que nosotros no somos decadentes; sólo el mundo, sólo los demás; aunque –a ciegas– la defendamos, ejercitemos y promovamos. Es que “ya no hay valores”, se dice, ¿y si los valores fueran la decadencia? Es que “no se respetan los derechos”, ¿y si los derechos fueran la decadencia? Es que “falta libertad, humanismo, amor, consciencia ecológica, progreso, competitividad, abrirnos al cambio, tolerancia, calidad, estímulos, etc.”, ¿y si todo eso fuera la decadencia? ¿Alguna vez lo hemos pensado o únicamente lo repetimos porque así lo creemos? Qué tal si aquello que buscamos es lo que debemos perder. ¿Y si lo que falta es lo que sobra?
Empecemos por mirar no sólo el blanco multicolor, detengámonos en los colores y sus matices. Dejemos de andar aprisa por espacios sin límites, reconozcamos la geometría, toquemos las líneas, regocijémonos con las formas, aprendamos a distinguir: clasifiquemos, discriminemos. Aprendamos a juzgar, sentenciar y condenar. No debemos tolerar todo, aprendamos a rechazar. Tolerar y aceptar, también es callar. Perdonemos pero no dejemos que siga la ofensa. Aprendamos la salud cuidando la distancia, como la gacela y el león: no son enemigos pero tampoco dormir juntos. Así pluriculturalidad es ignorancia, agresión y agravio a las culturas.
La velocidad es otro factor que urge domesticar. En ella está mucho del mal y mucho del bien. Cambiar ¿a qué ritmo? De verdad conservar tradiciones, costumbres, prácticas y formas de convivencia pasadas son dañinas y propias de la derecha. ¿Acaso no las políticas del “conservadurismo” están más encausadas en destruir que en conservar? Pensemos ¿de verdad conservar es igual a ser conservador? ¿De verdad hay que estar a tono con el tiempo, con las “modas culturales”?
Mostrar preocupación por la decadencia es pensar qué le hace más daño al porvenir: ¿el hoy, el ayer o el mañana? Es dejar de defender el presente como tiempo único, sólo es una fracción, y una fracción casi invisible; por lo que me atrevo a decir que –en tanto más observables y estáticos– pasado y porvenir son más reales que el presente. Dejar a las generaciones que nos suceden sin antes y después, significa dejarles nada.
Se invita a no tenerle miedo al cambio. Está tan trillada esta frase, que ya se ha vuelto un cliché. Al contrario, yo pido valor y fuerza para atreverse a dejar de cambiar, a mirar sin avanzar, que es la única manera de observar, de entender lo que vemos (hacemos). Tal como vamos, es preciso parar antes de volver a avanzar. Pregunto: si cada vez el mundo está más decadente ¿sirven los cambios que se han impuesto, defendido y propagado?
Tengamos la valentía para debatir las modas discursivas, pero debatir de verdad, no sólo injuriar a quienes se resisten a aceptar.

