Tiempo sacro

PENSAR A LA INTEMPERIE

Pablo Eliseo R. Altamirano

La forma de pensar y vivir heredada por mis padres me enseñó la sacralidad del tiempo, la dignidad de los días que nos llama al respeto y veneración en sus distintos momentos. Aprendí a honrar la singularidad de los instantes sin intentar comprender su duración. Saber que el misterio del viernes no se debe al viernes, ni el del domingo al domingo; que cada martes es más que martes. Descubrí que el tiempo puede no necesitar de los días, ni las horas, que quien lo requiere es nuestro finito entendimiento.

Allende cualquier creencia religiosa, la fuerza no visible difícilmente teorizable, esa fuerza llamada tiempo, patente en la presencia de cada uno de los existentes, es manifestación sublime, nombrada y concebida en formas distintas según creencias escatológicas o científicas. Sin reparar en la modalidad de entendimiento, el tiempo es en la realidad concreta una expresión tácita del ser sagrado, y aunque sea sin rostro, es posible advertirlo con los sentidos, a pesar de que nadie sepa realmente qué cosa es. Kant dijo que era nada en sí, sólo una intuición.

Cosa extraña es el tiempo, no se ve, aunque se percibe. Hay mucho, pero no se puede tocar ni almacenar. Cada cual tiene el suyo y es de nadie. Se habla de que tuvo un principio y llegará el día final, con certeza nadie sabe. Antes y después sólo la eternidad sin tiempo, una especie de tiempo sin tiempo. Algo así como tiempo vacío. Al parecer la eternidad es como la vaina del tiempo, igual que lo es el espacio del lugar. Qué difícil para el entendimiento. El caso es que está, ¿dónde? Es fluir omnipresente. ¿Alguien conoce un lugar sin tiempo? Su forma más nítida es el pasado y el futuro, justo cuando ya no es y cuando todavía no ha ocurrido. Hay tiempo sólo donde algo ha sucedido y aún se esperan cosas por pasar. Imposible resulta el presente sin lo sido y el porvenir, pues siendo el presente la manifestación más real del tiempo, se resume como el incesante dejar de ser lo que no era. Tiempo bendito, misterioso, sublime, insuperable.

A pesar de las dificultades de comprensión, eso tan extraño como inasible, quizá es lo más real que tenemos, lo único de verdad importante; por ello venerable. No conozco milagro más fascinante, detenerse a pensarlo un momento y ver en él la fuerza que sostiene la presencia no puede menos que asombrar. Mantiene a las estrellas orbitando, activo el pulso de mi mano, en diálogo piedra y árbol. Cómo explicar sin igual maravilla, cómo advertir dónde y quién lo origina, Aristóteles sugirió el primer motor, Jesucristo a Dios. Existe y se nos da, es lo verdaderamente real; ese es el mayor portento. No se necesita más para agradecer su misteriosa donación.

Pero ¿cómo se venera el tiempo?, ¿de qué forma se hace? Al tomar por premisa que él es la fuerza que sostiene la presentificación (pasado, presente y porvenir), que sin él la presencia sucumbe, es decir la existencia, nos hallamos en un juego simétrico donde apreciamos como la presencia sin tiempo se cae y en sentido análogo inverso sin presencia no hay tiempo. Por tal, la fuerza de la presencia equivale a tiempo, igual que la fuerza del tiempo a presencia. Si tiempo fuera A y presencia B, tendríamos que A = B y B = A, sin B no hay A ni viceversa.

Según lo expuesto, cabe decir que la presencia es tiempo materializado, donde cada uno nos debemos a él, somos una forma de su expresión. Por nuestro medio existe, persiste y se manifiesta. No obstante, el tiempo en absoluto depende de cada cual, más bien de la presencia general. Significa que no necesariamente pierde fuerza al sucumbir un particular, pero sí con la extinción de alguna especie o género. Dicho en modo distinto, cada uno reunido en la totalidad equivale al tiempo, más no cada uno en particular. En singular cada cosa depende de él, pero no él de cada cosa singular, pues es inconmensurablemente mayor a cualquier existente concreto.

Nos debemos al tiempo, existimos hasta que se nos rehúsa, su abandono marca el final. La dignidad suya, visto así, muestra aspectos divinos. Puede decirse que divino es y para venerarlo las diversas culturas han marcado días, momentos, incluso años para glorificarlo, haciendo pausa en el quehacer que lo vuelve ordinario. En la tradición católica, por ejemplo, hablamos de la semana santa, de días santos, también de momentos sagrados.

El tiempo sacro, expresión empleada para distinguirlo del tiempo ordinario, no debe tomarse para creer que sólo ese tiempo es sagrado, todo lo es, sólo que en esos periodos especiales se practican rituales para venerarlo con la oración, reflexión, rezos, juicio de conciencia, sacrificio, silencio, ritos… Glorificar el tiempo permite: recordar que hay algo mayor a nosotros, una fuerza que nos supera y de la cual recibimos gracia para existir; librarnos de la soberbia, aceptar que la persona que somos es únicamente una faz de sus incontables representaciones; reencontrarnos en la finitud compartida con nuestros semejantes, en la fascinante belleza del instante; aprender el arte de la humildad, la empatía, la bondad, el amor; agradecer el despertar de los sentidos, los alimentos, el aire, la compañía, la vida… dignificar el trabajo, el descanso, el contacto; reconfortarse y encontrar la claridad espiritual y el reposo del alma.

Los días santos son para continuar descubriéndonos en la sagrada divinidad de la que somos parte, que no se pierda en la distracción del ruido y la felicidad profana. Abrámonos al misterio del tiempo.

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