Unidad, imperativo ineluctable

PENSAR A LA INTEMPERIE

Pablo Eliseo R. Altamirano

La unidad no es una opción, sino necesidad ineluctable para la supervivencia. Hoy, ante la situación límite de extravío que habitamos, se exige cohesión en modo incuestionable.

Ya está en proceso la amenaza de extinción, no queda tiempo para esperar, ahora articulamos las diferentes fuerzas e ideas en pos de la regeneración o desaparecemos.

La supervivencia y sostenibilidad dependen obligatoriamente de acciones coordinadas en una misma dirección. Nos reconocemos en la semejanza que nos une o las diferencias de la individualidad nos harán irreconciliables.

Este es el llamado del Frente de Unidad por la Regeneración de Tlaxcala, el cual se define como una fuerza formada por varios actores sociales: ciudadanos, organizaciones y líderes de diferentes municipios del estado Tlaxcala; todos unidos caminando por una sola idea; la regeneración a través de la creación de poder popular.

Este Frente de Unidad por la Regeneración dice partir de una problemática común que nos atraviesa a todos y que nos deja vulnerables ante la injusticia en todas sus formas, sectores y grupos.

La problemática que señalan es que “no hay pueblo”. Así lo afirmaron: “no hay pueblo”, a pesar de que algunos personajes que aspiran a gobernar el estado pregonen “ser pueblo”, estar con el pueblo o trabajar para el pueblo. De acuerdo con su posicionamiento el pueblo no existe y por ende la grandilocuencia de esos personajes solo es demagogia.

Sostienen que hay ciudadanos, habitantes, vecinos y residentes, pero no pueblo.

El planteamiento consiste en afirmar que la existencia del pueblo implica unidad de los que habitan, organización y participación coordinada; creación de estructuras y consensos comunitarios.

Expresan que la unidad es lo que verdaderamente representa el poder popular, que al carecer de unidad, carecemos de pueblo, y sin pueblo, por ende, no hay poder del pueblo. ¿Cómo puede existir entonces democracia, sin cratos ni demos?, cuestionan.

Acotan en su postura que, el ciudadano puede ser ciudadano sin actuar en conjunto con los demás para resolver las necesidades comunes. Lo mismo pasa con el habitante, puede cohabitar una misma localidad sin estar integrado a los que están cerca. Vivir como individuo y no como parte de una colectividad.

Pero ocurre que donde los ciudadanos son individuos, desorganizados, ajenos a la cohesión comunitaria; no forman pueblo, no tienen poder colectivo. Y entonces, en sentido estricto, sin pueblo tampoco hay democracia. Afirman que la democracia, hasta hoy, es sólo un proyecto inconcluso, que falta la creación de pueblo para que pueda existir.

En estas circunstancias, comentan que los ciudadanos y habitantes en general tenemos derechos que pueden ser respetados o violentados, según la suerte y los recursos que se tienen para hacerlos valer. Pues vivimos expuestos a la merced de quienes ejercen la justicia, de los legisladores, de los gobernantes, de los empleadores y en general de los que tienen mayores cotos de poder en la pirámide social.

Esta es la grave problemática que vivimos en Tlaxcala. Recalcan que habitamos todos juntos, pero no unidos. Juntos, incluso revueltos y agrupados, pero no unidos. En sociedad… pero no unidos.

Y a pesar de que esto es grave, lo realmente preocupante, enfatizan, es que no estamos haciendo nada por unirnos, no estamos haciendo nada por formar comunidad, no estamos haciendo nada por construir poder popular. Ni los ciudadanos de a pie, ni la mayoría de los gobernantes, ni los intelectuales, ni los empresarios, ni los medios de comunicación…

Arguyen que no importa que esos que se dicen personajes del pueblo lleven años y años en campaña recorriendo barrios, colonias y municipios. No lo hacen para formar estructuras comunitarias o vecinales. Por más que recorren no dejan nada tras su paso, ninguna cohesión, ningún tejido social, sólo promesas e ilusiones que no se cumplen. La sociedad sigue igual o más desarticulada que antes de esos recorridos.

Solo lo hacen para posicionar su nombre, para constituirse como supuestas lideresas o líderes en favor de sus propios intereses.

En nuestro presente tlaxcalteca, quien o quienes se jactan de ser pueblo, no construyen pueblo, las más de las veces ni siquiera creen en él. En lo único que creen es en su ego y ambiciones.

No quieren un pueblo que piense, que proponga, que actúe; no les gusta que los cuestionen, cuando ocurre incluso los llaman “estúpidos”. Lo único que esas y esos personajes quieren y les gusta es que les aplaudan, que les echen porras, que los coreen. Quieren ciudadanos obedientes, no pueblo. Quieren ciudadanos sumisos, no pueblo. La iniciativa y el cuestionamiento les incomoda, el pueblo les incomoda.

Tras este planteamiento, el Frente de Unidad por la Regeneración de Tlaxcala, hace un llamado doble: primero, a la ciudadanía en su conjunto, a tomar acción política, a unirnos mediante el diálogo, mediante la organización, a ser sujetos activos como parte de un todo integrado. Esto bajo la premisa de que la política no es de esos que se hacen llamar políticos, sino de todos.

El segundo llamado lo dirigen a los gobernantes, a los partidos, a las organizaciones, a las y los líderes políticos, les piden sumarse a esta iniciativa de crear poder popular, de crear pueblo; pueblo de verdad, no clientelismos, no prosélitos o porristas.

Especifican que no es un llamado a la civilidad vacua ni a la celebración de convenciones para firmar pactos de unidad con promesas de adhesión y trabajo conjunto, mientras en los hechos se disputan con inmoral ferocidad la simpatía de quienes influyen en la determinación de las candidaturas. Pues no es ese tipo de unidad falaz la que necesitamos.

Sin duda, el posicionamiento del Frente de Unidad por la Regeneración de Tlaxcala expone una alternativa coherente con las necesidades civilizatorias, falta ver hasta donde prosperan estas ideas en la realidad.

No obstante, es verdad que, como civilización y humanidad, en un tiempo tan convulso, sólo nos queda:  regenerar o desaparecer.

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