Pensar a la Intemperie: Paz

Pensar a la Intemperie

Pablo Eliseo R. Altamirano

Paz, no debe pensarse como realidad existente, tampoco en términos de probabilidad, su modo de ser es la posibilidad. Más allá del conocimiento empírico acumulado, de los intentos y fracasos experimentados, afirmo filosóficamente su viabilidad, sin asegurar que a nivel civilizatorio llegue a ocurrir.

A pesar del permanente estado de conflicto entre potencias, países, grupos sociales, ideologías, creencias e intereses; en grado personal, familiar y grupal existen ejemplos de paz, aunque sea temporal. Por lo tanto, sistematizar esas experiencias puede ayudar a construirla en modo duradero y socialmente abarcador.

Pero antes de avanzar discernamos un poco sobre lo que se entiende por paz. Aunque parece un concepto polisémico, más bien lo encuentro extenso en significado. Va desde la calma personal interior, que tiene que ver con el equilibrio emocional, la claridad mental, el control de las reacciones y la templanza al momento de tomar decisiones; pasando por la justicia social entendida como inexistencia de violencia sistémica, estructural y cultural, junto con la adecuada gestión de conflictos a través del diálogo y establecimiento de acuerdos y normas, hasta la superación del crimen, guerras y acción bélica en general. Son estos los diversos círculos donde la paz se precisa, y no podemos hablar de ella sin alcanzarla en todos los niveles.

Comprendidos los alcances semánticos, veamos las dos causas generales que impiden la paz. Primero, la predisposición natural de conservación; manifiesta de forma genérica en la satisfacción de las necesidades vitales. Cuando la necesidad no se cumple, la supervivencia se ve comprometida y, entonces, las acciones, al margen de principios éticos o morales, pueden nublarse, pues no hay principio más urgente que asegurar la existencia.

La segunda causa interpuesta entre la guerra y la paz, aludiendo a Tolstoi, se ha asociado con la cultura, es pensada como un constructo social. No obstante, es tan propia de la naturaleza humana como los instintos mismos, hablo de las ideas. Son ellas una posibilidad esencialmente humana, configuradas a partir de la necesidad-percepción-proyección y colocadas en los cimientos de las civilizaciones, desde donde se trazan direcciones, acciones, perspectivas, cosmovisiones.

Ideas, cultura, sociedad, civilización son tan naturales del ser humano como lo es padecer hambre o frío. Ya habrá oportunidad de profundizar en ese tema, por ahora sólo preciso que nada venido del ser humano le es ajeno, ni la barbarie ni la sutileza. Así de amplio es el espectro de nuestra naturaleza. Olvidemos las separaciones y antagonismos entre naturaleza humana y cultura. Si la segunda existe es porque se encuentra entre las posibilidades de la primera. Nadie hace lo que está fuera de su poder hacer.

Algunos, entre ellos Maquiavelo o Hobbes, han creído que la predisposición natural de conservación es oscura, egoísta, agresiva… malvada; otros, por el contrario, como Rousseau, creían que es buena, pero la corrompe la sociedad, esa cosa externa “no humana”. También están los que como Freud le atribuyen un carácter ambivalente, cohabitado por pulsiones de vida y muerte: Eros y Tánatos, luz y sombra. El caso es que ni buena, ni mala, tampoco ambas: buena y mala; instinto de conservación, solo eso.

De la inclinación de conservación humana ha surgido lo que llamamos civilización: sofisticados sistemas de organización, de interacción, de codificación; monumentales obras de ingeniería, desarrollos científicos, literarios, filosóficos, teológicos, de recuperación de la memoria; refinamiento del gusto, de la sensibilidad, de la percepción; hemos domesticado, erotizado, estetizado los sentimientos, las pasiones, las acciones, la cotidianidad toda: belleza y horror, placer y dolor, amor y odio, vida y muerte, guerra y paz.

La necesidad de conservar la existencia de nuestra especie en general y la particular vida de cada cual hasta donde sea posible, combinada con las infinitas contingencias presentadas nos trajo al presente manifiesto, lo cual no significa que sea el único que se haya visto, ni que las posibilidades estén cerradas a otras formas desconocidas, como la de un presente sin guerras, por lo menos entre humanos.

El caso es que el actual sistema creado por los poseedores de los grandes cotos de poder se fundamenta en la idea de ganar. La paz dentro de esa lógica es imposible, y aunque haya quienes digan que todo es posible; no es así. La posibilidad se extiende hasta donde encuentra la contradicción. Nada contradictorio es posible, la luz no puede ser oscuridad en el mismo acto. Puede cegar, generar sombra e incluso ocultar, pero no ser oscuridad. No se puede ser y no ser, lo dijo Parménides, también Platón y otros.

Siguiendo este entendido, advertimos que la paz no es ni puede ser producto de la voluntad, de un decreto o deseo. Se mostrará cuando no haya contradicciones que la impidan: sobreestimulación, injusticia, necesidades incumplidas, debilidad de carácter, competencia y un largo etcétera derivado y propagado a partir de la idea de ganar.

La guerra no es intrínseca a la naturaleza humana pero sí al actual sistema de ganancia. Desear la paz, obliga a transitar a un sistema civilizatorio que armonice con ella sin menoscabo de la predisposición natural de conservación. Quizá un modelo civilizatorio que surja de la idea de cuidar, ayudar, regenerar, amar. Quien habla de paz pensando en ganar, no quiere la paz y si la quiere no la tendrá.

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