Pensar la izquierda y la derecha desde la verdad y la mentira (cuarta parte)

PENSAR A LA INTEMPERIE

Pablo Eliseo R. Altamirano

El que miente, roba; y el que roba, mata, dice un refrán de advertencia moral. Simétricamente opuesto, quien actúa en la verdad retribuye y sana. De forma análoga, decir derecha es igual a decir hurto, destrucción, fealdad; como decir izquierda tiene que equivaler a justicia, regeneración, belleza. Si alguien de izquierda no cumple tales atributos la posición en la que se dice estar es diferente a la real.

Han querido instaurar la idea de que la verdad no existe, eso, claro, es mentira. Se han creado sistemas “teóricos” para moldear el pensamiento contra la verdad, entre ellos la posverdad, el relativismo (mal entendido), el constructivismo (subjetivista)|, el pragmatismo, el escepticismo, el perspectivismo y más. Saben los que vive en la falacia que la forma más eficaz de golpear a la verdad es negando su existencia; sin afirmación de la verdad, defenderla se vuelve absurdo, y entonces todas las mentiras son válidas. Esta es el método más eficaz utilizado contra la izquierda.

Lo único que queda al aceptar la inexistencia de la verdad es la veracidad, lo cierto, los consensos, la creencia de las mayorías, la pragmática, la duda razonable o el punto de vista. Se vuelve más poderosa la sobreabundancia de las mentiras que la verdad, la opinión común se impone a la razón. Lo importante es generar inercias narrativas, lograr que el grueso de la sociedad acepte lo que se repite en favor de los creadores del discurso.

La mentira, en tanto que la derecha domina el sistema hegemónico actual, domina nuestro tiempo, se ha instaurado sutilmente en las formas pensar. De forma conveniente se ha ocultado con ayuda de los intelectuales, los académicos, los artistas y los comunicólogos que sirven a los intereses de las élites de derecha. Mienten con la ciencia, con la literatura, con la historia, con la religión, con el cine, con la música, con el deporte, con las mercancías, con los sentimientos y las emociones, con cada acción degenerativa disfrazada de progreso, cuya realidad se refleja en injusticia, decadencia y destrucción.

Si hay quien se cree de izquierda y la vez asume que no existe la verdad o la confunde con el conocimiento o con la voz general, entonces ese “quien” opera en favor de los intereses de la derecha, aunque no lo creo ni quiera. Ser de izquierda, además de afirmar la persona en relación con el sujeto y no con el individuo, de comprenderse parte del lugar-mundo y no habitante de un territorio-planeta, de responder a las necesidades y no a los intereses (como se dijo en las entregas anteriores), también implica vivir en la verdad. ¿Pero qué es la verdad? ¿Cómo saber que es ella quien nos interpela y no otra cosa parecida, distinta o contraria?

Para ayudarnos a identificarla y situarnos en ella con la confianza de no errar, veamos el fondo permanente que la deja ser. Sólo así podremos ponernos a salvo de los desvíos de sentido, generados a partir de sus derivados y formas de presentarse. Entre estas formas, la filosofía clasifica la verdad en verdades de razón, verdades de hecho, verdades científicas, verdades absolutas, verdades relativas, verdades ontológicas y verdades epistémicas. No obstante, todas ellas se fundan en la realidad de las cosas o el conocimiento de ellas, en el lenguaje lógico o en la correspondencia del enunciado con la realidad fáctica, pero falta ver si eso es la verdad.

De inicio hay que decir que la verdad no está en los objetos manifiestos ante nosotros, tampoco en el lenguaje ni en el razonamiento, y aunque se requiere una vasta extensión explicativa para dejar claro que la verdad no pertenece a las cosas, tampoco al lenguaje, ni al conocimiento o a la relación enunciado-objeto, introduzco el planteamiento de que la verdad pertenece al sentido de quien conoce, de quien habla o actúa. Está ligada al sentido, es decir a la dirección, tiene que ver con el proceder y sus impactos, no con las cosas en sí (entiéndase cosas como todo lo que es posible definir y predicar).

Vista la verdad desde este enfoque, advertimos la posibilidad de mentir con la ciencia, con la lógica, con los hechos y con el razonamiento. Lo cual ha provocado que donde antes la línea divisoria entre la verdad y la mentira era clara y distinta, ya no lo es. Hoy los impostores de alto perfil se han especializado en la sofisticación de los engaños con apoyo de los estudiosos y la tecnología.

Las mentiras se embellecen con datos duros, con hechos, argumentos y deducciones; con imágenes, sabores, sonidos, texturas, aromas, “ideas”; con lo que ayuda a disimular la farsa. De esa forma el embuste se presenta como verdad. Este fenómeno ha generado desconfianza, venida de los mensajes, comportamientos y actos con fines ocultos.

Justo es en la confianza que se funda la verdad y en la desconfianza la mentira. Pues como dijimos al inicio, quien miente: roba y mata, y por ende genera desconfianza, ya que la finalidad real de sus actos (dirección) es distinta a la quiere hacer creer. La dirección de la mentira siempre está en sentido de lo que daña, de lo que degenera.

Por lo tanto, si la ciencia, el razonamiento o cualquier otro se usa para degenerar, entonces esas cosas se colocan del lado de la mentira, es decir, de la derecha. Por eso se afirma que el conocimiento y otros parecidos a la verdad deben distinguirse de ella y no usarse como sinónimos.

La verdad está en el sentido de lo que se hace, se dice, se crea, se piensa, etc., y no en lo que coloquialmente se cree. Es actuar en la dirección correcta. No basta conocer, razonar o argumentar. Tampoco las intenciones fundamentan la verdad, es la conducción de los actos, el sentido de los impactos de todo lo que se hace. Si algo, lo que sea, no sirve a la regeneración de lo que es bello y bueno, entonces no es verdadero. Desde aquí, ser de izquierda es permanecer ligado a la verdad, en contraste con los de derecha que sirven a la mentira, a lo que corrompe, degenera.

 

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