PENSAR A LA INTEMPERIE
Pablo R. Altamirano
Tras haber apuntado en la entrega anterior, lo relativo a la distinción entre la legitimidad de las causas y la legitimidad del proceder político, ahora nos introducimos en la búsqueda de comprensión del sujeto que actúa, visto como ente particular antes de situarlo en su condición social. Así transitamos del mero proceder de determinados colectivos a contemplar el fenómeno político desde la naturaleza del sujeto que integra la sociedad.
Iniciemos viendo al sujeto en su doble modalidad: a) su primigeneidad y particularidad ahistórica e histórica; y b) como colectividad constituida ahistórica e históricamente en un mundo simbólico y fáctico.
El ser en su expresión humana es histórico, pero en el fondo que es, es ahistórico. La idea ahistórica no se refiere, aunque podría incluirse, al campo de lo instintivo, ya que de cierto modo también es histórico. Mas bien, lo ahistórico se coloca antes del mismo ser humano o de cualquier otro modo de ser. Tal anterioridad no es temporal sino ontológica, no se refiere al tiempo como sucesión de instantes en sentido aristotélico, sino a la existencia; es una anterioridad ontológica.
Lo histórico se lee en el registro de las mutaciones biológicas e instintivas por un lado y de lo simbólico (político-cultural) por otro. Estudiar la historia de ambos registros nos ayuda a comprender el comportamiento y conducta de la sociedad y sus integrantes.
Exponer la cuestión del ámbito del ser ahistórico y las modalidades del ser histórico exige una explicación amplia y compleja, con apartado específico para cada y uno. Este estudio mínimamente deberá incluir miradas antropológicas, etológicas, sociológicas, psicológicas, antropológicas, biológicas, físicas y, claro, filosofías e históricas.
Por lo pronto, tengamos presente que el ser ahistórico, sostiene al ser histórico, que el segundo está implicado en el primero y el primero se explica en el segundo. El ser ahistórico, es simple, sin límites, sin tiempo, sin consciencia, sin identidad, sin necesidad (en otras entregas ahondaré al respecto). El segundo, por el contrario, es finito, puede ser consciente o no, con identidad, necesitado (incompleto y por ello siempre en falta). A ese ser finito pertenece el ser humano, cuya distinción más propia quizá sea la de la consciencia. Por eso es del único del que se puede decir capaz de actuar inconscientemente. Los otros seres del género escapan de la inconsciencia.
Quizá esto parezca no tener relevancia, empero, por tratarse del comportamiento conductual del ser humano es importante considerar que su relación e implicaciones con la finitud (la condición de imperfección por naturaleza), definido (es decir limitado/dotado), instintivo, inconsciente y consciente. Todo ello con el ser ahistórico de fondo.
En primera instancia que sea finito significa que es un ser en falta, necesitado, incompleto, que padece, aspira, se resiste, cambia, se mueve, absorbe y libera materia y energía como todos los seres finitos. Estas propiedades naturales en el ser humano lo tienen predispuesto a la búsqueda y protección, a la satisfacción, a la inclinación por conservarse; igual que cualquier ser vivo, animal o planta. Incluso la piedra tiene muchos de estos aspectos.
La falta natural en él, como detonante de búsqueda y protección inevitablemente proporciona heridas, dolor, sufrimiento, emociones, marcas (creación de la subjetividad), ajustes morfológicos y comportamentales para adaptarse, acciones que son o no reacciones. Esto antes que la necesidad colectiva da cuenta de necesidades particulares, por eso no deben extrañar las conductas egoístas, de competitividad, acumulación y similares. En ellas se refleja la tendencia a cubrir el defecto natural, a eliminar la necesidad, el riesgo de ceder ante lo que amenaza la conservación.
No obstante, mucho se habla de que el ser humano es un ser político, colectivo o social por naturaleza, y es verdad, pero ¿entonces no es esto una contradicción con el egoísmo, la competencia y demás parecidos? No, veamos. La cuestión está en la finitud, es decir, en la falta. Por la necesidad el sujeto puede actuar de forma egoísta si tiene poder de dominio, poder de hacerse de recursos sin ayuda y cubrir lo que por la imperfección natural amenaza. También por la finitud o defecto, el ser humano y otros más, cuando no tiene el poder de dominar o acercarse los recursos que garantizar la conservación, se asocian a otros para lograrlo. De esa forma aumenta su poder en la unión con los demás que garantiza la supervivencia. Las especies más vulnerables presentan mayor tendencia a la colectividad, pues en la cooperación hallan garantías de satisfacción. Por tal, la falta de autosuficiencia (el defecto) en el ser humano genera predisposición a la vida en sociedad y al individualismo, es detonante ambas inclinaciones.
Entonces la finitud, conjugada con el poder de los entes y su subjetividad (en el caso humano), desemboca en colectividad o individualidad. Sobre colectividad e individualidad, se debe acotar que la colectividad puede ser un tipo de individualidad, mas no así la individualidad, ésta en ningún caso puede ser colectividad.
Los casos en los que la colectividad es un tipo de individualidad son aquellos donde un colectivo/grupo o subgrupo se ocupa de cubrir únicamente las necesidades particulares del grupo o subgrupo, sin tener en cuenta las necesidades generales del lugar donde existen, lo cual puede ser totalmente legítimo, dependiendo la naturaleza de la congregación. En esos casos, los grupos o subgrupos construyen una identidad que los distingue de la población en general, lo que los convierte en un ente particular, con historia propia, comportamiento, tradiciones, necesidades e intereses muchas veces desvinculados del resto. Tales, son entes colectivos individualizados, su naturaleza los identifica sólo con algún o algunos sectores de la población y con algún tipo especifico de necesidades y pensamiento o creencia. También, generalmente, son egoístas y competitivos. Por eso las facciones resultan dañinas dentro de un movimiento, representan fragmentación, individuación, choque de intereses. Sin embargo, por el principio de finitud y poder, dichos fenómenos resultan inherentes a nuestra especie.
Con base en esas premisas, ningún proceder es ajeno a la naturaleza, aunque a mediano o largo plazo resulte contrario a la propia permanencia.
Ahora en qué medida eso es instintivo, en qué medida inconsciente y en qué medida consciente. Instintivo por la condición de finitud y por las huellas registradas en las mutaciones biológicas; inconsciente por las huellas que conforman la subjetividad, particularmente por los momentos de angustia, dolor, peligro y sufrimiento que ponen en riesgo la conservación; aunque los momentos de gozo y satisfacción también juegan un papel importante en el actuar inconsciente. También el proceder automatizado, ese que resulta similar a los reflejos natos, pero en realidad representa la inercia mecánica del discurrir, es parte del actuar inconsciente. Lo consciente, por su parte, se ve presente en el uso de la razón, la memoria, el conocimiento, el símbolo, los esquemas ideológicos y otros similares.
Estos tres registros en el proceder humano intervienen tanto en la conducta política individualista y social.
De esta forma vemos que el sujeto que actúa no es meramente un ser racional (espiritual), por lo que esperar que se conduzca solamente por medio del entendimiento es erróneo, por no decir ingenuo. El ser humano, es un ser sensible (instintivo), histórico (subjetivo), finito (vulnerable y particularmente en falta que se resiste). Por ello, las apuestas hegelianas o kantianas, las ontologías racionalistas son insuficientes.
En la próxima entrega abundaré sobre la cuestión de cómo las patologías (personales y políticas) surgen del inconsciente. Haré notar la extensión y límites del consciente, donde encontramos las ideologías y, de igual modo, me detendré en la cuestión sensitiva-instintiva y en el constitutivo ahistórico que nos atañe.


