PENSAR A LA INTEMPERIE
Pablo Eliseo R. Altamirano
El bien y el mal, tema específico que nos ocupa hoy, dejando para entregas posteriores la bondad y maldad, desde siempre ha preocupado al ser humano. Igual que a mí, y con toda seguridad a ustedes, me asalta recurrentemente la pregunta de por qué nuestra especie puede llegar a ser tan cruel con sus semejantes y con todo lo que lo rodea, incluso consigo mismo. Las barbaries cometidas recurrentemente en distintos puntos del orbe, como las protagonizadas por los israelíes en palestina, o las ejecutadas por los estadounidenses en Irán y prácticamente en todo el mundo, o las llevadas a cabo por poderosos personajes como los amigos de Jeffrey Epstein, o incluso por “gente normal” cuando nos enteramos de que un padre o madre asesinó a sus hijos, o hijos actuando contra sus padres, o hermanos reduciéndose entre sí, o…; todas las indecibles bestialidades no pueden menos que llevarnos a preguntar ¿somo malos por naturaleza?
Pero luego vemos sublimes actos de caridad, de amor, de entrega, de perdón y entonces las preguntas y la confusión aumentan. Será qué lo que en realidad somos por naturaleza es bondadosos. ¿Cómo podemos ser lo uno y lo otro a la vez? Este es un esfuerzo filosófico por hallar respuesta a esas preguntas.
Primero debe tenerse en claro que el ser humano es un sujeto que se construye conforme a lo que puede ser. Nada de lo que es está fuera de sus propias posibilidades, si rebasa el límite de su naturaleza deja de ser él. En este sentido el rango de su esencialidad le permite ir desde el comportamiento puramente animal hasta la más fina conducción espiritual. Dependiendo la formación que recibe, el contexto donde se desenvuelve y las contingencias que lo afectan puede ir de la bestialidad a la más excelsa belleza. Aunque a diferencia de lo que dijo el filósofo humanista del siglo XV, Giovanni Pico della Mirandola, en su celebre Discurso sobre la dignidad humana, tal animalidad o magnánima sutileza no se elige; se expresa, desarrolla, cultiva, contiene y conduce dependiendo de los elementos condicionantes que median.
El ser humano no necesariamente elige ser malvado o bondadoso, pero puede llegar a actuar de una u otra forma, está en su naturaleza. Mas debe tomarse con cuidado esta certeza, pues siendo real fácilmente puede tergiversarse. Afirmar que en su naturaleza esta proceder con crueldad o cuidado es distinto a decir que por naturaleza sea malo o bueno.
Lo que está en su naturaleza puede llegar a manifestarse, puede desarrollarse, reprimirse o educarse. En cambio, lo que es por naturaleza, es ya en esencia, está definido, no puede ser distinto a menos que deje de ser lo que es. Sugerir que el ser humano es malo o bueno por naturaleza equivale a indicar que no puede ser distinto, que está irremediablemente destinado a ello y sólo le queda la aceptación, resignación o frustración debido a la inexorabilidad del ser.
También es inexacto argüir que su naturaleza es ambivalente, definida por ser bueno y malo, pues además de la contradicción que implica afirmar que una cosa es y no es a la vez, suponiendo que fuera posible, lo condena a la bipolaridad, a transitar sin salvación de un extremo a otro, ya que su esencia lo obliga a ser lo uno y lo otro, a ser y no ser alternadamente.
En cambio, referir que algo está en la naturaleza significa es parte de ello, pero lo define, que puede manifestarse, pero no determinar. Por ejemplo, que el agua contenga oxígeno e hidrógeno no significa que algunas veces sea oxígeno y otras hidrógeno, ni que se deba comportar según las propiedades de uno o del otro. Es decir, oxígeno e hidrógeno están en su naturaleza, la componen pero no la definen.
Como puede verse, la sutil diferencia entre estar en la naturaleza y ser por naturaleza puede tener alcances trascendentalmente radicales. Decir que algo es; define, que lo tiene, significa que le pertenece. Otros ejemplos son el sistema óseo, el respiratorio o el circulatorio; le pertenecen al ser humano, al conejo, al águila, pero a ninguno de los tres los define.
Así aquello que se denomina mal y bien, está en la naturaleza del ser humano sin definirlo. Por ende, no es bueno ni malo o bueno y malo alternadamente, simplemente aquello está en él y puede manifestarse o no.
Para comprender por qué en algunos casos el mal es mucho más visible y en otros el bien, atendamos las preguntas siguientes. ¿Qué es lo que llamamos “el mal” y qué “el bien”? ¿Es algo propio en sí mismo o una valoración de algo distinto? ¿Por qué decir que está en la naturaleza humana? ¿Es identificable sólo en el ser humano o también otros seres?
Dos formas generales hay de concebir al mal y al bien. Por una parte, está lo que afecta o beneficia de manera particular a cada sujeto, lo que atenta o garantiza su existencia; por otra, lo que amenaza o permite la existencia general. A su vez, general y particular también se entiende en dos modos, en uno lo particular puede ser sujeto particular-singular y en otro lo particular puede ser especie, género determinado o sistema específico. En cuanto a lo general, se puede referir igualmente a una especie, género, sistema o a la totalidad que integra el orden cósmico completo. En lo general también cabe lo que está más allá del cosmos.
En todos los casos, excepto en lo que origina al cosmos, referimos entidades finitas y en todo lo finito está la doble tendencia a permanecer y desaparecer. Por un lado, los entes se aferran a la conservación y por otro avanzan hacia la destrucción. La tensión entre estas dos inclinaciones mantiene los flujos de la existencia, relaciones, generación y degeneración.
Por consiguiente, bien y mal en sentido puro se identifica con lo que ayuda o sostiene la permanencia de algo y con lo que afecta o pone fin a algo, respectivamente. Y dado que permanencia y final son inherentes a los seres; el bien y el mal, igual que en todo lo finito, están presentes en la naturaleza del ser humano. Hoy hasta aquí.
En la próxima entrega reflexionaremos sobre las formas en que se expresa el bien y el mal, si puede evitarse o no y en qué sentido, porqué se ha dicho y dice que es subjetivo y relativo, si puede o no ser absoluto y diferenciaremos lo puro de lo absoluto. Posteriormente pondremos en la palestra la maldad y la bondad.


