PENSAR A LA INTEMPERIE
Pablo R. Altamirano
El anhelo por obtener el poder del Estado desata todo tipo de pasiones, maléficas y benignas: codicia, rencor, envidia, odio; bondad, compasión, empatía, amor. Traiciones y gratitudes se mezclan, admiración y sumisión, zalamería e insultos, pactos de unidad y declaraciones de guerra, rupturas y reconciliaciones, mentiras y verdades, justicia e injusticias, cambios de bando y refrendo de lealtades (sumisiones). Se hacen propios los extraños y extraños los propios. Por tener la bendición de Dios se vende el alma al diablo. Con tal de ser el ungido, igual se hacen ofrendas que se mata a Abel y se persigue a Caín.
Las facultades del Estado son de gran atractivo, más que casi cualquier cosa existente en nuestro tiempo, permiten a los gobernantes intervenir en la regulación de la vida social, de las relaciones civiles, jurídicas, comerciales, de movilidad, seguridad, culturales, educativas, hacendarias, recreativas, agropecuarias, industriales, sanitarias, de seguridad, de comunicación, penales, laborales, artísticas, etc. Quien se inviste con sus potestades adquiere mandos que ningún otro medio le podría otorgar, su autoridad se potencializa de forma inmediata.
Las dos cosas más deseadas por los seres humanos son: 1) Lo que otorga poder para existir, actuar, adquirir, controlar, dominar; y 2) lo que se aprecia revestido de mayor belleza, capaz de proporcionar altas dosis bienestar y placer. Eso es lo que despierta las motivaciones más fuertes, mueve a imaginar, diseñar rutas de logro (métodos, estrategias y tácticas), adquirir recursos de apoyo que pueden ser materiales, espirituales, humanos o simbólicos.
En la civilización que hemos desarrollado, las más grandes fuentes de poder existentes son la riqueza acumulada y las facultades del Estado. Ambas, acumulación de la riqueza y Estado, pueden ser por separado, pero no necesariamente se excluyen y en los casos menos ideales se unen a merced de algún sujeto o grupo social. Cuando así ocurre, se pierden los equilibrios y sentido del Estado, ya que dichos poderes se ponen a funcionar en favor de particulares, dejando de cumplir el fin para el cual fue creado: garantizar la satisfacción de las necesidades, impartir justicia y mantener el equilibrio en las distintas relaciones.
Así como Estado y riqueza económica pueden ser por separado, igual se utilizan como medio para hacerse uno del otro y mantenerlo. Es decir, el dinero puede disponerse para hacerse del gobierno del Estado y acrecentar la riqueza, y luego valerse del mismo gobierno a fin de sostener el poder del Estado, cayendo generalmente en un círculo vicioso difícil de romper.
Poder y belleza son los dos elementos por antonomasia seductores, generan encanto y comandan los esfuerzos desplegados por obtenerlos. Lleva a los sujetos a transitar desde las más frías operaciones racionales hasta las vehementes y disparatadas acciones irracionales. En la carrera por obtenerlos no debe extrañar ver conductas inmorales, ilegales, injustas e incluso crueles y criminales. El deseo que provocan puede nublar, hacer que se pierda el sentido natural de la existencia, enajenar a quienes parecían o actuaban con sensatez. Son potencias de la belleza y lo que proporciona poder despertar lo mejor y peor que puede llegar a ser y hacer el ser humano.
Entre poder y belleza es fácil que se establezca una relación dialéctica, él facilita la obtención y desfrute de ella, igual que ella ayuda a conseguir aquel. Puede decirse que la belleza está dotada de poder y lo que da poder de belleza. El problema es llegar a creer que ambos son para la satisfacción y cumplimiento de los deseos, esa tergiversación pervierte su destino. Pues, en definitiva, la razón de ser del Estado no es potenciar los márgenes de acción y autoridad de lo sujetos que gobiernan, como tampoco de la belleza es convertirse en objeto de deseo.
Contrario a lo que vemos repetido en tantos casos, el sentido primigenio del Estado es moderar la concentración de poder en manos de particulares, evitar el vasallaje, generar desarrollo que garantice el cumplimiento de necesidades y permita la convivencia armónica, justa y digna entre semejantes y con el medio ambiente; lejos de acentuar el abuso y perpetuar linajes. Por lo que a la belleza toca, sabido es, su sentido es fungir como signo y fuente de salud.


