La conciencia no basta

PENSAR A LA INTEMPERIE

Pablo Eliseo R. Altamirano

Hay quienes ven y pasan de largo sin ocuparse, giran la mirada hacia otro lado, cambian de acera o de dirección para evitar lo que pide ayuda, o simplemente lo saltan e ignoran con total indiferencia. De igual forma hay muchos que ven claramente las consecuencias negativas que generan sus actos y no por eso modifican su proceder, incluso cuando esa negatividad impacta directamente en su bienestar permanecen replicando rutinas nocivas plagadas de excesos y defectos.

Está visto que no basta tomar conciencia de los daños que provoca un vicio para librarse de él. Y si eso ocurre en los casos donde el perjuicio lo sufre quien actúa, mucho más difícil es modificar las conductas de aquellos que al obrar obtienen beneficios directos, pero causan daño a terceros o al medio ambiente. Las actividades que otorgan prosperidad particular, sin importar que lastimen a los demás, por la dicha experimentada en primera persona se replican todo lo posible, pues la comodidad propia puede ser mucho más poderosa que la desdicha ajena. Por ello, resulta altamente improbable que el que se beneficia del daño ajeno modifique su conducta, a pesar de tener conciencia de las implicaciones.

No basta ver para actuar, aunque es la primera condición del proceso requerido para llegar a la acción. Pensar que <<la revolución de las conciencias>> es lo requerido para hacer efectiva la tan urgente regeneración es un error si no visualizamos que dicha <<revolución>> sólo es parte de una estructura mayor, la cual exige el reencauzamiento de inercias conductuales mediante esquemas formativos que ponderen la adquisición de virtudes y no sólo de conocimientos, junto con el establecimiento de marcos normativos e instrumentales orientados a evitar los excesos, atender los defectos y mantener la salud como premisa central.

Generalmente se tiende a sobrevalorar el poder de la conciencia, en los debates actuales de corte ético, de responsabilidad social y proceder político se pone desmedido en la <<toma de conciencia>>. Se asume, de manera casi inocente, que si las personas lograran comprender la magnitud de un problema o alcanzaran a ver en qué desembocaran sus acciones, actuarían de manera diferente, ocupándose buscar y brindar soluciones. Sin embargo, la historia, el día adía y la psicología humana demuestran lo contrario: la conciencia no basta. Saber que algo está mal no equivale a dejar de hacerlo, ni entender lo que es correcto se traduce automáticamente en una conducta virtuosa.

El verdadero cambio no se gesta en la mera iluminación del intelecto, sino en la incómoda transición hacia la acción concreta, mediante la reestructuración de los métodos y estrategias educativas, de la conformación de ámbitos sanos de desarrollo y de la aplicación rigurosa de marcos legales acordes con el ciudadano y lugar que aspiramos construir. Mientras sigamos tratando los grandes desafíos colectivos como simples exámenes de moralidad individual, continuaremos atrapados en una inercia destructiva.

Entre saber y actuar hay un abismo, existe una desconexión entre lo que sabemos y lo que hacemos, a veces hasta parece ser una característica humana, lo cual en ocasiones se vuelve frustrante, nos parece incongruente el proceder, muchas veces absurdo e inconcebible. Por qué si sabemos lo que necesitamos, lo que debemos hacer, no lo hacemos, por qué replicamos los mismos errores, si tenemos sabido los resultados, por qué si muchas veces conocemos la respuesta correcta elegimos la incorrecta, por qué si sabemos que el camino que llevamos nos conduce al exterminio aceleramos la marcho.

Vivimos atrapados en la contradicción y no es por falta de conciencia, sino por falta de fuerza para sobreponernos a nosotros mismos, por falta de carácter personal, social y civilizatorio, por la caída en inercias conductuales basadas en la comodidad de la que no podemos escapar, y la conciencia no bastará para lograrlo. Existimos en un mundo sobreestimulado que ha debilitado la voluntad, distorsionado las sensaciones, las percepciones, las operaciones. Se ha avanzado en la individualización, el aislamiento, la ruptura generacional, la vanidad, la pérdida del diálogo y el incremento de soliloquios. Hay un marcado divorcio con la intemperie, con el esfuerzo, con lo áspero, con lo natural.

Además de tomar conciencia debemos rediseñar el mundo, lo cual implica rediseñar el pensamiento, el lenguaje, las costumbres diarias, las relaciones laborales, comerciales, etc. Está visto que el conocimiento, aunque necesario, no basta. Por ejemplo, una persona puede sentirse genuinamente preocupada por la explotación laboral en la industria textil o por la acumulación de plástico en los océanos o por la afectación en la salud que generan ciertas sustancias tóxicas liberadas durante los procesos de producción. No obstante, al momento de comprar, los factores que definen su elección suelen ser el precio, la comodidad y el estatus. La conciencia moral se diluye rápidamente frente a las dinámicas del mercado y las facilidades de la vida moderna. El conocimiento se queda almacenado pasivamente en la noosfera, muchas veces sepultado en lo profundo de la memoria, mientras que los sujetos siguen operando bajo la lógica de la conveniencia.

Otro de los problemas de apostar a la conciencia como agente de regeneración radica en que ilusamente desde ese factor se atribuye la responsabilidad al sujeto como ente individual de su proceder, siendo que la conciencia individual es demasiado frágil ante las fuerzas del sistema económico-mercantil, de los medios de información, de las redes sociales, de la propaganda en general, de las curriculas educativas, de la necesidad, del deseo, etc.

Apostar a la conciencia como meollo de la regeneración es tan ingenuo como creer que se puede construir una sociedad justa y un planeta sostenible esperando que todos los actores económicos se conviertan de pronto en santos altruistas. La conciencia no tiene la fuerza ni el poder suficiente para frenar las dinámicas de un sistema que premia el beneficio a corto plazo por encima de cualquier otra consideración.

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