PENSAR A LA INTEMPERIE
Pablo Eliseo R. Altamirano
En entregas anteriores entendimos la conciencia como el despertar que permite ver y conducirnos con dirección, así como situarnos en el espacio y tiempo y reconocer lo que nos circunda. De igual forma comprendimos que no basta la conciencia para actuar conforme a la necesidad y deber histórico; que se puede ver, conocer y distinguir el presente, las causas y consecuencias, proyecciones y antecedentes, y, a pesar de ello, no hacer nada; mantener actitud despreocupada, indiferente y cómplice, en menoscabo de lo que es común a todos, incluso en detrimento de uno mismo.
Esto nos lleva a pensar en la revolución de las conciencias, pues hemos visto que la simple toma de conciencia no es suficiente. En qué se distingue la revolución de las conciencias y la toma de conciencia. Qué entender por una y qué por otra. Cuáles son sus alcances y límites. A caso hay ambigüedad en su comprensión que nos pone en riesgo de confundirlas.
En efecto, es fácil llegar a creer que la toma de conciencia es equivalente a la revolución de las conciencias; no es así. La toma de conciencia es un acto que puede darse de forma particular e incluso aislada, no precisa ejercicio dialógico ni acción colectiva. No tiene por requisito la difusión ni la conducta comprometida, le basta con hacerse de la información o conocimiento de las formas en que opera el mundo, de las causas y consecuencias del presente. Tomar conciencia cualquiera puede hacerlo, hacer una revolución de las conciencias es más complejo. La toma de conciencia es de las personas, la revolución de las conciencias implica a los pueblos.
¿Cómo debemos entender la revolución de las conciencias? Primero, en modo general, tenemos que es una categoría formada por dos conceptos: revolución cuyo significado es girar y conciencia que es ver. Al juntarlos nos da, cambiar la mirada, ver desde otra posición para percibir y apreciar lo que estaba fuera de alcance, ver lo que la consciencia establecida no alcanza a mirar, los puntos inaccesibles para el entendimiento común. La revolución de las consciencias es el viraje que permite apreciar lo que no es evidente ni obvio desde el conocimiento que ha establecido al sistema.
Sin embargo, este viraje, para categorizarse como revolución, como ya se adelantó no puede ser únicamente de personas aisladas o de algunos grupos, para considerarse revolución debe ser general, de todo un pueblo o de la humanidad en su conjunto. Debe cambiar los esquemas conceptuales desde los cuales se ve el mundo, refundar la cosmovisión, el núcleo de la superestructura civilizatoria; introducirse en la noosfera que de forma inconsciente moldea el lenguaje, los pensamientos y la imaginación. Debe renovar las formas de ver, entender y sentir el mundo. Por la magnitud que comprende, no es algo que corresponda realizar a las personas en particular, sino a los pueblos en conjunto.
La revolución de las conciencias consiste en rehacer el modelo social, político, económico y cultural imperante. Mas cuidemos no confundirla con los fenómenos de transformación natural de la consciencia ocurridos en el tiempo de larga duración, como diría Braudel y lo refiriera Thomas Kuhn. La historia de la humanidad ha transitado por varios paradigmas civilizatorios que cambiaron el mundo sin que necesariamente fueran promovidos por alguna revolución de las consciencias, no por lo menos en el sentido que aquí la expresamos. Algunos ejemplos de grandes giros, percibidos en el tiempo de larga duración, se tienen en el paso del Paleolítico al Mesolítico, del Mesolítico al Neolítico, luego de ahí a la Edad de los Metales, seguida por la Edad Antigua, la Edad Media y finalmente la moderna. Hemos de decir que a pesar de que en todas esas etapas civilizatorias se revolucionó la conciencia, no propiamente podemos decir que fue a causa de intentos conscientes y dirigidos expresamente revolucionarla, más bien ocurrió como parte de procesos históricos naturales de larga data.
La revolución de las conciencias, entendida en el sentido bosquejado aquí, lejos de verse como un movimiento evolutivo transgeneracional, sutil, sin intención dirigida y prácticamente imperceptible, tiene que ver con la irrupción deliberada orientada a desplazar un sistema por otro en el menor tiempo posible; forzar la incursión de nuevas ideas, enfrentar la inercia establecida, revertirla. La revolución de las conciencias no quiere dejar al curso evolutivo natural los cambios; por el contrario, los impulsa, los obliga, quiere hacerlos visibles a corto plazo.
Es atributo de la revolución de las consciencias el giro vertiginoso. Para considerarse revolución debe ocurrir por acción de una fuerza que se superponga a la preexistente, jamás sumarse al curso de la inercia dominante, desviar el curso, detenerlo o reconducirlo. La revolución no es evolución, es cambio; no continuidad, ni mucho menos continuismo. Tampoco progreso; más bien vuelta, regreso; no avance sino viraje.
Siguiendo este hilo y retrocediendo a la vez, la revolución de las conciencias es más que conocimiento; aunque parezca un poco extraño, no equivale a tomar consciencia sino a cambiar de consciencia, a revolucionarla. Es hacerse consciente de lo que la consciencia establecida genera. Exige dar un paso más allá de la toma. Ni siquiera consiste en abatir la ignorancia, en informarse, en estudiar, aunque también se precisa; se trata de hacerse consciente de la consciencia, de mirarla actuar desde afuera, como un ente con voluntad y poder para manipular a quienes la toman: los conscientes. Observarla como lo que verdaderamente es: el gran titiritero de la civilización.
Hoy, en el tiempo que nos ha tocado, la revolución de las conciencias no se puede entender sin desenmascarar y desplazar la ideología del capitalismo neoliberal e imperialista. Revlucionar la conciencia en nuestro tiempo requiere evidenciar el trasfondo de la ética protestante, descrita por Weber, que pondera el éxito económico mediante la acumulación-concentración de la riqueza; precisa desplazar las ideas que, en alusión a Marx, forman el núcleo de la superestructura del sistema mundo globalizado, aunque debiera decirse mundo dominado, pues globalización es sinónimo exacto de dominación, explotación, saqueo y todos los etcéteras adjuntos en mente.
Revolucionar las conciencias exige herir de muerte las ideas que configuraron la modernidad durante el humanismo-renacentista, entre ellas la de individuo, de progreso, de la falsa igualdad, de la inexistente libertad, la hipócrita psuedoespiritualidad y la pseudobenevolencia que pone en el centro de sus discursos a Dios, la vida, la patria y la familia; a la vez que institucionaliza el imperialismo, el intervencionismo, el racismo, el machismo, el crimen, etc.
Para hacer la revolución de las consciencias debemos mirar la conciencia civilizatoria, ni siquiera la colectiva o generacional, como un sujeto con voluntad dirigida hacia una dirección concreta.


