Más sobre la revolución de las conciencias

PENSAR A LA INTEMPERIE

Pablo Eliseo R. Altamirano

Quien domina la mente domina las acciones, las pasiones, la dirección del mundo. ¿Pero quién la domina la mente? Las ideas, ellas lo hacen. ¿Y acaso hay alguien capaz de dominar las ideas? Sí, quien tiene capacidad para introducirlas en la universidad, en los medios de comunicación, en el mundo editorial, en la música, en el cine y en la charla coloquial cotidiana; al grado de fijarlas en la narrativa circundante. Quien tiene ese poder o apuesta a él moldea la conciencia de los pueblos.

Terminamos el artículo de la entrega anterior diciendo que para hacer la revolución de las conciencias debemos mirar la conciencia civilizatoria, ni siquiera la colectiva o generacional sino la civilizatoria, mirarla como un sujeto con voluntad dirigida en una dirección concreta que debe ser cambiada. Distinguimos la diferencia entre toma de conciencia y revolución de las conciencias. También vimos que el tránsito de una conciencia a otra en los cambios de paradigma civilizatorio transcurridos por el curso natural de la historia no representan ejemplos de la revolución de las consciencias. Ahora exponemos algunos otros casos que pudieran tomarse por revolución de las conciencias sin serlo en realidad.

En la época moderna contemporánea se ha presentado más de una forma de tratar de llevar a cabo la revolución de las conciencias para superar el modernismo-capitalismo. Una es desde la negación del sistema imperante, sin la creación de un modelo ideológico definido que busque refundar el sistema; sin marcos categoriales ni conceptos abarcadores alternos que sustituyan a los actuales y abran la percepción a mirar un mundo distinto. Este tipo de intentos se funda en la crítica de lo existente, sin incluir un diseño sustituto. Se incita a actuar no precisamente contra el esquema categorial, sino contra grupos de personajes o centros de poder, parten de la acción política e incluso armada antes que construir, difundir y establecer modelos alternativos de entendimiento, actúan contra los productos derivados de la consciencia, mas no contra ella. La cuestión en estos casos es destruir no sustituir, tratar de borrar el punto incómodo donde se encuentran sin giro trazado. Por lo tanto, esos modos de “revolucionar las conciencias” en realidad no son revolución; apenas se pueden considerar rebeldía, crítica, oposición, confrontación, desacuerdo, inconformidad, pero no revolución.

La otra forma de entender la revolución de las conciencias, la que sí es revolución, es a partir del cambio de ideología y no únicamente de la negación o ataque. Este enfoque pone énfasis en la propuesta conceptual y no tanto en la crítica, aunque la crítica es necesaria, no se hace para mejorar el sistema, pues no se quiere corregir, sino destruir y construir uno nuevo. La mayor fuerza de la revolución de las conciencias está en afirmar la novedad cognitiva, no en negar modos de operar, pues el germen de lo inaceptable no está en la deficiencia operativa, ni siquiera en la falta de ética o en la moral deteriorada; tampoco en los sujetos que actúan, la degradación se encuentra en las ideas que rigen. Por eso, la verdadera revolución se halla en afirmar e instaurar ideas nuevas para ver distinto el mundo. No aspirar a desplazar y ver luego que pasa; la idea es desplazar para rehacer con ideas claras y nuevas. Tampoco el interés de la revolución de las conciencias es generar crisis, aunque la crisis es inevitable, parte del tránsito. Aspira a crear un nuevo orden, no a imponer caos. Por lo tanto, la renovación de las conciencias ha de ser producto de la acción dirigida y no resultado de la espontaneidad. La crisis se mira como una etapa del proceso revolucionario, nunca como el elemento esperado contenedor de soluciones, es sólo ese momento en el que, como refirió Gramsci, lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer. La revolución de las conciencias no busca generar crisis, aunque sea inevitable, su fin es transitar a otro entendimiento.

Cuando se emprende una revolución de las conciencias sin paradigma ideológico preconcebido existe un alto riesgo de sucumbir y volver al cuadro ideológico que se busca superar. La lucha entre regresar a lo imperante y el tránsito hacia un no sé qué, antes de reestablecer los equilibrios puede generar caos, no solo crisis, sino caos, anarquía y lo que eso conlleva: como la aparición de bodrios, deformaciones, excesos, vacíos, etcétera. Todo ello en el ámbito administrativo, jurídico, legislativo…

Otro de los riesgos cuando se pretende superar la ideología dominante sin dirección prediseñada es adoptar alguna ideología alterna existente, que no propiamente representa a los revolucionarios, o hacer un híbrido con ideas tomadas de diferentes sistemas políticos y de pensamiento, tergiversando la intensión originaria que motivó la revolución.

Los tipos de intentos por revolucionar sin prediseño de alternativas generalmente terminan fracasando, muchas veces afirmando y dando más brillo a las viejas ideas y estructuras que se intentan derribar. Algunos ejemplos los vemos en los movimientos autoafirmados como rebeldes y no como revolucionarios; también en grupos que se identifican con la anarquía y con el trotskismo. Aquellos que, parafraseando a Michel Foucault, creen que hay que destruir lo establecido y después ver cómo se rehace.

Imaginar así la revolución de las conciencias es confiar en que de manera natural al decapitar el sistema hegemónico surgirá una armonía nueva y mejor acabada, lo cual es muy ingenuo, pues cuando se trata de redibujar el mundo sin una concepción alternativa y sin tiempo para detenerse a pensarla en medio de la crisis surgida por la confrontación, cuando las necesidades apremian y la inercia de la historia obliga, es difícil e improbable hacerlo, por lo que generalmente se opta por las formas conocidas. Quien gira hacia otro lado sin dirección ni exploración previa, muy probablemente se perderá o tratará de volver al punto conocido.

Hablando de las que sí son ejemplo de revoluciones de las conciencias, quizá las más importantes ocurridas en el tiempo moderno sean la Reforma Protestante, el derribo de la monarquía y el socialismo-comunismo, que, aunque parcial y temporalmente, esta última desplazó a la burguesía.

Estas tres revoluciones produjeron cambios vertiginosos basados en el ataque ideológico. Si bien en la confrontación hubo grandes episodios violentos, el centro de la disputa estuvo en la ideología, en la forma de pensar y concebir el mundo. En el caso primero, el de la Reforma Protestante, la cuestión radicó en atacar las posturas teológicas dominantes de aquel tiempo, lo que terminó generando una auténtica revolución cultural, social, intelectual y política. En la segunda, cuando se atacó la monarquía, vimos al centro nada más y nada menos que la ilustración y todas sus implicaciones, como la división de poderes, el nacimiento del Estado Moderno, de los derechos humanos individuales, la toma del poder a manos de la burguesía, la transformación de los sistemas de producción y de los estratos sociales, principalmente.

Por su parte, la tercera y más reciente, empujada por el socialismo-comunismo, arrojó un sin fin de ejercicios teóricos, filosóficos, económicos, sociales, culturales, etc. Entre ellos tenemos al marxismo, al leninismo, al anarquismo, al gramscismo, al marxismo estructural, a la Escuela de Fráncfort, al maoísmo y más. De ella se desprendieron los derechos sociales como garantes de los individuales, el tránsito del Estado Burgués moderno al Estado Socialista, se vio una reorganización de la estratificación social, la redistribución de la economía, la transformación cultural, la posesión de los medios de producción, la formación de un ciudadano no individualista, comprometido con la colectividad, se propuso una espiritualidad distinta a la teológica y más.

Eso en lo que se refiere a las últimas revoluciones de las conciencias, la cuestión ahora está en preguntarnos si la revolución de las conciencias de la que se habla en la actualidad tiene que ver con continuar el último intento hasta lograrlo, ya que no se consumó en los intentos de mayor impulso; o si de lo que hablamos es de crear una conciencia nueva; si es así, ¿cuál es esa?, ¿cuáles son los conceptos abarcadores que coloca al centro? O a qué nos estamos refiriendo realmente cuando hablamos de la revolución las conciencias. Incluso hay quienes creen que se trata de la simple toma de conciencia y a eso le llaman revolución… Creo que debemos plantearnos con seriedad y urgencia dichas preguntas, para saber de qué revolución de las conciencias hablamos y cuál es la que se necesita.

Por último, a manera de posdata, es claro que la ideología de género se ha erigido como una revolución de las conciencias, no sé en qué grado ni dirección, pero de que está revolucionando la forma de percibir y proyectar la sociedad es evidente. Quizá el viraje de su mirada no alcanza los diversos ámbitos de la realidad conocidos, pero si el social, eso es seguro. No obstante, sin caer en conservadurismos hipócritas y trasnochados típicos de la derecha, cabe preguntarnos: ¿la ideología de género que está revolucionando la conciencia contemporánea, aunque sea parcialmente, es opuesta al capitalismo imperialista y a la modernidad en general o representa el ascenso a una fase superior de ello mismo?, ¿podemos hablar de revolución de las conciencias sin desplazar la conciencia moderna? Si es así en qué medida y categoría.

Pablo Eliseo R. Altamirano

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