PENSAR A LA INTEMPERIE
Pablo Eliseo R. Altamirano
¿Cómo posicionamos nuestra existencia? ¿Cómo parte de un lugar que abre el mundo que somos o como radicados en un sitio ubicado en el planeta? ¿Nos percibimos parte o habitantes del tiempo y espacio? ¿Para reconocernos, nos encontramos o nos buscamos? ¿Somos naturales o extranjeros? Transitar por este antagonismo interrogativo nos ha de llevar al descubrimiento de las fuentes que hacen fluir los imaginarios y comportamientos de izquierda y derecha.
Definir la naturaleza de la izquierda y la derecha es una actividad que a muchos intelectuales ha ocupado. Con sus pensamientos horadamos cada vez más profundo para ampliar nuestra comprensión. Tradicionalmente la distinción se ha basado en las posturas ideológicas de los parlamentaristas franceses que integraban el congreso en tiempos de la revolución de 1789, donde los congresistas colocados a la izquierda postulaban premisas que hablaban de igualdad social y progresismo impulsado desde la intervención del estado, mientras los ubicados a la derecha ponían énfasis en la tautológica libertad individual, la conservación de la tradición moral, el libre mercado propuesto por Adam Smith y los liberales derechos humanos inspirados en John Locke. Que por cierto casi nada tienen de naturales. En ese mismo sentido el filósofo y politólogo italiano Norberto Bobbio centraba la distinción en dos sistemas contrapuestos, uno promotor de la igualdad y el otro de la desigualdad.
Sin romper ni contradecir tal planteamiento, abrimos una línea de reflexión orientada hacia el fondo ontológico del ser de la izquierda y de la derecha. Nos situamos en una perspectiva poco explorada, que da continuidad a la entrega anterior, donde advertimos el vínculo inseparable entre la concepción de persona como sujeto particular y la izquierda, en contraparte con la idea de individuo asociada a la postura de derecha.
Explorar desde una mirada filosófica-ontológica, se hace necesario tras advertir la insuficiencia de sólo tener presente la igualdad y desigualdad. Si no exploramos estratos más hondos, la problemática continuará reproduciéndose en diversas y renovadas formas hasta que atendamos el origen.
En este sentido, el rastreo de tipo ontológico orienta el segundo ejercicio de pensamiento, aquí presentado. Para ello, desglasamos el antagonismo entre “ser parte de un lugar-mundo” y “ser habitante de un sitio-territorio-planeta”, dos concepciones constitutivas de la genética que configura la izquierda y la derecha, respectivamente.
Quien se percibe como parte de un lugar que abre el mundo, entiende que él es el mundo y el mundo es él. No son dos entes separados, sino uno y lo mismo. El dinamismo y belleza de uno y otro corresponde al dinamismo y belleza del mismo. Igual ocurre con la decadencia. No hay explotador y explotado, únicamente daño y cuidado, degeneración y regeneración de la unidad inseparable existente.
La persona inmersa en este pensamiento no es un simple habitante, tampoco un morador ni huésped que reside temporalmente un espacio ubicado. Se concibe distinto al transeúnte que hoy está y mañana no, al espécimen ajeno, ese que se cree diferente a los de su especie y a todo lo que lo circunda. Quien se sabe explicado en el mundo no imagina al viajero que pernocta, no se adapta ni hace uso de lo que encuentra. Tampoco lo emplea para su beneficio o toma y desecha según convenga. Para él todo es mismidad, parte distinta de lo único. No toma lo que encuentra para su beneficio, fluye a través de él sin separación ni daño.
El lugar del que es parte el sujeto (persona de izquierda), dista de ser sólo localidad-localizable, es logos-lugar, focus-fuego-fogar-hogar, llama-reunión. Es lo que define la proximidad y a través del límite enlaza la cercanía con la totalidad más remota. Es decir, el lugar comprende la directa inmediates cercada por líneas y figuras imaginarias, donde la influencia de cada sujeto es más palpable.
El lugar es circundaneidad entificada que abarca, enlaza y define las partes que son en él y lo hacen ser a la vez. Es el nudo donde se atan todas las puntas del mundo, ahí concluyen y desde ahí se proyectan en cada ente.
Esto es, el sujeto tiene un lugar donde es. El pez de agua dulce, por ejemplo, en el río o el lago, no en el océano, la ciudad ni las nubes. Cada cual es con el lugar de pertenencia, donde conecta con el mundo. Imposible es ser de ninguna o de cualquier parte. Se pertenece a un lugar enmarcado por el horizonte que extiende su radio de acción, de atención, de responsabilidad.
Quien pertenece a un lugar lo cuida para cuidarse, se reconoce en él, tiene destino para todos sus caminos, sabe a dónde pertenece, nunca está perdido; quizá lejos, pero no extraviado. Quien pertenece a un lugar es de izquierda.
Por el contrario, quien reside no es parte, habita y deshabita, no pertenece. Invade, coloniza, extrae, utiliza, se enriquece. Ese es de derecha.
Quien no es parte de un lugar-mundo, domina, destruye, devasta, usa hasta agotar los recursos. Tras de sí deja páramos inhóspitos, ahora aquí, ahora allá. Sus huellas son las de la extinción. Eso es ser de derecha. Y usted habita o pertenece, es parte de un lugar-mundo o un simple residente, morador o viajero. La respuesta, independiente de su militancia, credo o quehacer, indica si es de derecha o izquierda.
Distinto a quien se enmarca en la derecha, para el sujeto de izquierda solo existe la primera persona, entiende que la segunda y tercera persona gramatical únicamente tienen función sintáctica en la concordancia enunciativa al momento de referir las partes de lo mismo. Ese yo o nosotros no debe entenderse en sentido egoísta, no se trata de un narcisismo, sino de comprender que todo es parte de nosotros y nosotros del todo, que todo lo que hacemos o dejamos de hacer nos afecta directamente, que el tú y el él en realidad son un yo, un nosotros.
La persona de izquierda entiende que no habita un lugar, porque él mismo es una porción del lugar. Las personas de derecha no comprenden ni aceptan esta realidad, para ellos los lugares son percibidos como territorios, terrenos, bienes que generan beneficios. Son sitios para explotar, dominar, devastar. Su dinámica se sintetiza en destruir, abandonar, buscar; establecerse y repetir el ciclo.
Para los derechistas el “yo” está delimitado por su persona, lo demás es ajeno, exterioridad útil o inútil, que vale o no. Cree no ser parte, se concibe independiente, en una realidad que se le opone, que debe someter a su servicio. Cuidar no es lo suyo, ayudar no es lo suyo, cooperar no es lo suyo, él sólo quiere ganar, acumular, controlar; imponer su voluntad.
Para el sujeto de izquierda en el lugar-mundo ocurre la belleza: para el de derecha el planeta contiene territorios donde extraer riqueza.


