PENSAR A LA INTEMPERIE
Pablo Eliseo R. Altamirano
La delincuencia organizada es un brazo armado del sistema capitalista, operando al margen de la ley, que no se reduce al narcotráfico. El crimen organizado va mucho más allá del trasiego de sustancias psicotrópicas alienantes, cumple objetivos estratégicos en favor de los intereses imperialistas. Tras los cuasi míticos capos del narco están “personalidades” con las más exclusivas credenciales, sujetos “dignos” –incluso– del Premio Nobel de la Paz, aunque sea obtenido de segunda mano por alguno(a) de sus pusilánimes lacayos(as).
¿Qué significa decir que los cárteles responden a las conveniencias del sistema? ¿Qué es el sistema? Qué ese ente tan mencionado en forma misteriosa. Se culpa al sistema de esto y lo otro, cubierto de un aura abstracta sin rostro, omnipresente, todo poderoso, entre demoniaco y divino. Sobre todo demoniaco, sin duda demoniaco. ¿Qué es?, mejor y para ser preciso, quién o quiénes son el sistema. Ningún espectro místico, son el grupo de magnates extremadamente millonarios que controlan la dinámica financiera e industrial, la creación de discursos, el sentido en que se redactan las leyes nacionales e internacionales, la explotación de los recursos, la formación de ejércitos, el abastecimiento de armas, el “avance científico-tecnológico”, los límites territoriales, el diseño y propagación de estímulos que moldean las formas de percibir, sentir, amar, vivir. Son ellos: los Elon Musk, los Larry Page, los Mark Zuckerberg, los Bill Gates, los Donald Trump, los Berkshire Hathaway, los JPMorgan Chase, los Mastercard Incorporated, los American Express, los BlackRock. Ellos son el sistema con nombre y apellido, ningún ente oscuro. Y sí, a estos y los demás de su grupo, muchos de ellos amigos de Jeffrey Edward Epstein, por cierto, obedecen a las acciones de las entramadas redes del crimen organizado.
Aunque no lo acepten abiertamente, las bandas de ampones son creadas, financiadas, armadas, solapadas y protegidas por ellos, “el sistema”, los superricos. Las utilizan, como hemos visto, para chantajear, condicionar, castigar, justificar intervenciones, bombardeos y hasta secuestros de presidentes; para deshacerse de insurgencias y personajes incómodos a sus ambiciones, para asolar comunidades generando miedo e incluso terror, pobreza, inseguridad, desesperanza y dejar territorios despoblados a su merced; para ocasionar la idea de caos, de ingobernabilidad, crisis; para generar narrativas como la de narcoterrorismo y narcoestado. En realidad, lo que sí existe es un narcoimperio.
Por esa razón tanto Elon Musk como Trump y sus corifeos, tras la caída del Mencho, reaccionaron con molestia contra la presidenta. Por más que hipócritamente digan querer combatir el narco, está documentado que es parte de sus estructuras de poder y ganancia. Mucho estuvieron diciendo que no había acciones contundentes contra los operadores del mercado de las drogas y ahora que se han dado golpes contundentes, entre ellos el abatimiento de la principal cabeza de la red delincuencial más grande auspiciada en México, con nexos en decenas de países y destino central en Estados Unidos, no pueden disimular su afectación e insisten en descalificar con mensajes como la presidenta de México “sólo dice lo que le piden sus jefes del cártel”.
En este sentido, debilitar al crimen organizado significa combatir el injerencismo imperial yanqui, cortar uno de sus poderosos tentáculos. Pues, además de lo enumerado, a través de las mafias obtienen información de la geografía nacional, de los recursos naturales, petróleo, minerales, agua, producción agrícola, industrial, rutas de comercio, organizaciones políticas, grupos de activistas y más. A través suyo infiltran y cooptan funcionarios, corporaciones de seguridad y financieras, comunicólogos, artistas, etc.
Delincuentes de este tipo no operan de forma independiente, ni se desarrollan a tal magnitud sólo por astucia, esfuerzo o buena suerte. Tampoco son llano producto de una mala estrategia de seguridad o combate, se extienden a las magnitudes que lo hacen por los padrinazgos que cuidan y controlan su crecimiento. Su existencia no es espontanea, tampoco natural, responde a estrategias de manual, diseñadas y aprobadas para mantener la colonización velada de una larga lista de países.
Cuando un gobierno busca fortalecer las facultades del Estado, redistribuir la riqueza, generar justicia social e implementar políticas de soberanía nacional por medio de mayor independencia energética, financiera, productiva, legislativa, diversificación de redes comerciales hacia el exterior y autoabasto al interior; el imperio, sistema, club de superricos o como se prefiera llamarlos pone a operar sus fuerzas de sometimiento y control para impedir que se desvinculen de sus intereses. Es momento de echar mano de los cárteles para desestabilizar, amenazar, intervenir…
Además de lo expuesto, la distribución y consumo de drogas sirve para desactivar la acción social, a través de ellas anulan posibles brotes resistencia, quebrantan la organización social, intoxican mental y físicamente amplios sectores de la población, provocan enfrentamientos entre ellos; mientras se van consumiendo en la miseria de las adicciones.
Es falso que la delincuencia organizada exista a causa de las estrategias fallidas de seguridad de los países, obedece a los intereses de los que estallan misiles en escuelas de niñas y forman clubes para violarlas.
Así de terribles son las fuerzas progenitoras del crimen organizado. No obstante, esto no significa que no se pueda combatir, se puede, sólo que debe hacerse desde un enfoque multifactorial partiendo de la justicia social. Debe recuperarse la esperanza en el porvenir, las oportunidades de desarrollo y bienestar personal, de las familias y las comunidades. Debe dejarse en el olvido el “sistema” actual y reconstituirnos sobre un paradigma civilizatorio distinto, con nuevos poderes.
Para iniciar, formemos un poder que contrarreste las calamidades que dejan los poderosos magnates, hasta el punto de que ese poder sea mayor a ellos y los anule. Claro que este debe ser esencialmente popular, siempre superior a cualquier poder personal e institucional.


